Stephen King
Cuando Hal Shelbum lo vio, cuando su hijo Dennis lo sacó
de una deteriorada caja de Ralston-Purina que había sido arrinconada bajo un
montón de trastos en una buhardilla, brotó en él una sensación tan grande de
horror y desánimo que por un momento creyó que iba a lanzar un grito. Apretó un
puño contra su boca, como para empujarlo de vuelta y tragárselo... y entonces
se limitó a toser tras su puño. Ni Terry ni Dennis se dieron cuenta de aquello,
pero Petey miró a su alrededor, momentáneamente curioso.
—¡Eh, qué bonito! —dijo Dennis con deferencia. Era un
tono que Hal raramente obtenía ya de su hijo. Dennis tenía doce años.
—¿Qué es? —preguntó Petey, y miró de nuevo a su padre
antes de que sus ojos fueran atraídos otra vez hacia aquello que su hermano
mayor había encontrado—. ¿De qué se trata, papá?
—Es un mono, chico listo —dijo Dennis—. ¿Nunca habías
visto un mono antes?
—No llames a tu hermano chico listo —dijo Terry
automáticamente, y se puso a examinar una caja llena de cortinas. Las cortinas
estaban apolilladas, y las dejó rápidamente—. Uf.
—¿Puedo quedármelo, papá? —preguntó Petey. Tenía nueve
años.
—¿Qué quieres decir? —exclamó Dennis—. ¡Lo encontré yo!
—Chicos, por favor —dijo Terry—. Me estáis dando dolor de
cabeza.
Hal apenas les oyó... a ninguno de ellos. El mono
resplandecía imprecisamente entre las manos de su hijo mayor, sonriendo con su
vieja sonrisa familiar. La misma sonrisa que había atormentado sus pesadillas
cuando era niño, atormentado hasta que él...
Afuera sopló una repentina ráfaga de viento, y por un
momento unos labios sin carne hicieron sonar una larga nota a través del viejo
y oxidado canalón. Petey se acercó a su padre, los ojos fijos de modo
intranquilo en las vigas de madera del techo de la buhardilla, llenas de
clavos.
—¿Qué ha sido eso, papá? —preguntó cuando el silbido
murió en un zumbido gutural.
—Sólo el viento —dijo Hal, sin dejar de mirar al mono.
Sus platillos, más bien medias lunas de latón que
círculos completos, estaban inmóviles a la débil luz de una bombilla desnuda,
quizás a treinta centímetros de distancia el uno del otro. Añadió
automáticamente:
—El viento puede silbar, pero no puede entonar una
canción.
Entonces se dio cuenta de que ésta era una de las frases
de su tío Will, y un escalofrío recorrió su espina dorsal.
La larga nota llegó de nuevo con el viento procedente del
Crystal Lake en un largo y zumbante descenso y luego vibró en el canalón. Media
docena de pequeñas ráfagas lanzaron el frío aire de octubre contra el rostro de
Hal... Dios, aquel lugar era tan parecido al cuarto trastero de la casa en
Hartford que parecía como si todos ellos hubieran sido transportados a treinta
años atrás en el tiempo.
No debo pensar en eso.
Pero el pensamiento no podía ser rechazado.
En el cuarto trastero donde encontré ese maldito mono en
esa misma maldita caja.
Terry se había apartado un poco para examinar una canasta
de madera llena con chucherías, y caminaba agachada debido a la fuerte
inclinación del techo.
—No me gusta —dijo Petey, y buscó la mano de Hal—. Dennis
puede quedárselo si quiere. ¿Nos vamos, papá?
—¿Tienes miedo a los fantasmas, gallina? —inquirió
Dennis.
—Dennis, ya basta —dijo Terry ausentemente, mientras
cogía una tacita de hojalata con un dibujo chino—. Esto es bonito. Creo que...
Hal vio que Dennis había encontrado la llave de la cuerda
en la espalda del mono. El terror aleteó con negras alas en su interior.
—¡No hagas eso!
Sus palabras brotaron más agudas de lo que hubiera
deseado, y había arrancado el mono de entre las manos de Dennis antes de darse
cuenta de lo que hacía. Dennis miró a su alrededor y luego a él, sorprendido.
Terry miró también hacia atrás por encima de su hombro. Y Petey alzó los ojos.
Por un momento todos permanecieron en silencio, y el viento silbó de nuevo, muy
suavemente esta vez, como una desagradable invitación.
—Quiero decir que lo más probable es que esté roto —dijo
Hal.
Solía estar roto... excepto cuando deseaba estar
arreglado.
—Bueno, pero no hacía falta que me lo quitaras —dijo
Dennis.
—Dennis, cállate.
Dennis parpadeó, y por un momento pareció casi inquieto.
Hal no le había hablado de forma tan cortante desde hada mucho tiempo. Desde
que había perdido su trabajo en la National Aerodyne en California hacía dos
años y se habían mudado a Texas. Dennis decidió no seguir adelante con
aquello... por ahora. Se volvió de espaldas a la caja de Ralston-Purina y de
nuevo empezó a revolver trastos, pero todo lo que había era pura basura.
Juguetes rotos mostrando sus tripas de relleno y muelles.
El viento era más fuerte ahora, ululando en vez de
silbar. La buhardilla empezó a crujir suavemente, haciendo un ruido como de
pasos.
—Por favor, papá —pidió Petey, apenas lo suficientemente
alto como para que su padre le oyera.
—Sí —dijo éste—. Terry, vámonos.
—No he terminado con este...
—He dicho vámonos.
Ahora le tocó a ella mostrarse asombrada.
Habían tomado dos habitaciones contiguas en un motel.
Aquella noche a las diez, los chicos estaban durmiendo en su habitación y Terry
estaba dormida en la habitación de los adultos. Había tomado dos Valium en el
camino de vuelta desde la vieja casa en Casco, para librarse de la migraña.
Últimamente tomaba mucho Valium. Había empezado aproximadamente en la época en
que la National Aerodyne había despedido a Hal. Durante los últimos dos años él
había estado trabajando para la Texas Instruments... Eran cuatro mil dólares
menos al año, pero al menos era un trabajo. Él le había dicho a Terry que
tenían suerte. Ella había asentido. Había muchos especialistas en software
cobrando el desempleo, había dicho él. Ella había asentido. El empleo en Amette
era exactamente igual de bueno que el puesto en Fresno, había dicho él. Ella
había asentido, pero él tuvo la impresión de que su asentimiento era una
mentira.
Y él estaba perdiendo a Dennis. Podía sentir al chico
alejándose, alcanzando una prematura velocidad de escape. Adiós, Dennis. Hasta
otra, desconocido. Fue bueno compartir este tren contigo. Terry duda que el
chico fumaba marihuana. Podía olerlo a veces. «Tienes que hablar con él, Hal.»
Y él había asentido, pero hasta ahora no lo había hecho.
Los chicos estaban durmiendo. Terry estaba durmiendo. Hal
se metió en el cuarto de baño, cerró la puerta, se sentó en la tapa del inodoro
y miró al mono.
Odiaba su aspecto, su blando y lanudo pelaje marrón, pelado
en algunos lados. Odiaba su sonrisa... Ese mono sonríe exactamente igual que un
negro, había dicho en una ocasión el tío Will, pero no sonreía como un negro,
no sonreía como nada humano. Su sonrisa era todo dientes, y si se le daba
cuerda, sus labios se movían, sus dientes parecían hacerse más grandes,
convertirse en los dientes de un vampiro, los labios se contorsionaban y los
platillos sonaban. Estúpido mono, estúpido mono a cuerda, estúpido, estúpido...
Lo dejó caer. Sus manos estaban temblando y lo dejó caer.
La llave chasqueó contra las baldosas del cuarto de baño
cuando golpeó el suelo. El sonido pareció muy fuerte en el silencio y la
quietud. Se quedó sonriendo con sus lóbregos ojos ambarinos, ojos de muñeco,
llenos con una alegría idiota, sus platillos de latón preparados como para
puntuar con sus golpes una marcha interpretada por alguna sombría banda
infernal, y en el fondo estampada la frase Made in Hong Kong.
—No puedes estar aquí —susurró—. Te tiré al pozo cuando
yo tenía nueve años.
El mono le sonrió desde el suelo.
Hal Shelburn se estremeció.
Afuera, en la noche, un negro soplo de viento sacudió el
motel.
Bill, el hermano de Hal, y Collette, la esposa de Bill,
se encontraron con ellos en la casa del tío Will y la tía Ida al día siguiente.
—¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que una muerte en
la familia es una forma realmente asquerosa de renovar las relaciones
familiares? —le preguntó Bill con el principio de una sonrisa. Había sido
bautizado así en honor al tío Will. Will y Bill, campeones del rodayo,
acostumbraba a decir el tío Will, y revolvía el pelo de Bill. Era una de sus
frases... como que el viento puede silbar pero no puede entonar una canción. El
tío Will había muerto hacía seis años, y la tía Ida había vivido desde entonces
allí sola, hasta que la semana anterior un ataque al corazón se la había
llevado. Todo muy repentino, había dicho Bill cuando llamó desde larga
distancia para darle a Hal la noticia. Como si él pudiera saberlo, como si
cualquiera pudiera saberlo. Había muerto sola.
—Sí —dijo Hal—. He pensado en ello.
Miraron juntos el lugar, la vieja casa donde habían
terminado de crecer los dos. Su padre, un marino mercante, había desaparecido
como si hubiera sido borrado de la faz de la Tierra cuando ellos eran pequeños;
Bill decía que lo recordaba vagamente, pero Hal no tenía ni el menor recuerdo
de él. Su madre había muerto cuando Bill tenía diez años y Hal ocho. Entonces
se trasladaron a casa del tío Will y de la tía Ida desde Hartford, y fueron
criados allí, y fueron a la universidad allí. Bill se había quedado y ahora era
un rico abogado en Portland.
Hal observó que Petey se estaba alejando hacia las
zarzamoras que crecían en el lado oriental de la casa, formando una tupida
maraña.
—Apártate de ahí, Petey —dijo.
Petey le devolvió una interrogadora mirada. Hal sintió
que su sencillo amor hacia el muchacho le inundaba... y entonces,
repentinamente, pensó de nuevo en el mono.
—¿Por qué, papá?
—El viejo pozo está en algún lugar por aquí —dijo Bill—.
Pero que me condene si recuerdo exactamente dónde. Tu papá tiene razón,
Petey... Esa maraña de zarzamoras es un lugar del que es mejor permanecer
alejado. Los pinchos harían un buen trabajo contigo. ¿No es así, Hal?
—Exacto —dijo Hal automáticamente.
Petey se apartó del lugar, sin mirar hacia atrás, y luego
bajó por el malecón hacia la pequeña playa de guijarros donde Dennis estaba
arrojando piedras al agua. Hal sintió que algo en su pecho se aflojaba un poco.
Bill podía haber olvidado dónde estaba el viejo pozo,
pero a última hora de aquella tarde, Hal se dirigió directamente hacia allá,
abriéndose camino entre las zarzas que desgarraron su vieja chaqueta de franela
y buscaron sus ojos. Llegó junto a él y se detuvo allí, respirando pesadamente,
mientras contemplaba las podridas y combadas planchas de madera que cubrían su
boca. Tras un momento de vacilación, se arrodilló (sus rodillas crujieron como
dos secos disparos de pistola) y apartó a un lado dos de las tablas.
Desde el fondo de aquella húmeda garganta rodeada de
piedra, un rostro se le quedó mirando: los ojos muy abiertos, la boca
distorsionada en una mueca, y un lamento escapando por ella. No era fuerte,
excepto en su corazón. Allí había resonado con intensidad.
Era su propio rostro, reflejado en la oscura agua.
No era el rostro del mono. Por un momento había pensado
que era el rostro del mono.
Estaba temblando. Temblando de arriba a abajo.
Lo tiré al pozo. Lo tiré al pozo, por favor, Dios mío, no
dejes que me vuelva loco. Lo tiré al pozo.
El pozo se había secado el verano que Johnny McCabe
murió, el año después de que Bill y Hal llegaron a la vieja casa para quedarse
con el tío Will y la tía Ida. El tío Will había pedido prestado dinero al banco
para perforar un pozo artesiano, y las zarzamoras habían crecido alrededor del
viejo pozo. El pozo seco.
Excepto que el agua había vuelto. Como el mono.
Esta vez no podía negar el recuerdo. Hal permaneció
sentado allí, impotente, dejando que acudiera a él, intentando ir con él,
cabalgándolo como alguien que hace surf cabalga la monstruosa ola que puede
aplastarlo si cae de su tabla, intentando simplemente seguir su paso de modo
que desapareciera de nuevo por el otro lado.
Se había deslizado con el mono hasta allí afuera a
finales de aquel verano, y las zarzamoras estaban en sazón, con su olor denso y
empalagoso. Nadie iba hasta allí a cogerlas, aunque a veces tía Ida se detenía
al borde de las zarzas y tomaba un puñado de zarzamoras en su delantal. En el
interior del zarzal, las zarzamoras habían madurado en exceso; algunas se
estaban pudriendo ya, rezumando un espeso fluido blanco como pus, y los grillos
cantaban enloquecedoramente en la alta hierba, bajo sus pies su chirrido
interminable: criiiiiiiiii...
Las zarzas se clavaron en él, punteando bolitas de sangre
en sus desnudos brazos. No hizo ningún esfuerzo por evitar sus pinchazos. Había
estado ciego de terror... Tan ciego que por unos pocos centímetros estuvo a
punto de tropezar con las tablas que cubrían el pozo, quizá a unos centímetros
de caer diez metros hasta el lodoso fondo del pozo. Había agitado los brazos
para mantener el equilibrio, y más espinas habían ensartado sus antebrazos. Era
ese recuerdo lo que le había hecho llamar secamente a Petey para que volviera
atrás.
Era el día en que Johnny McCabe había muerto; su mejor
amigo... Johnny había estado trepando por los travesaños de madera de la
escalera de cuerda que conducía hasta su casa en la copa del árbol, en el patio
de atrás. Los dos habían pasado muchas horas ahí arriba aquel verano, jugando a
los piratas, viendo imaginarios galeones allá afuera en el lago, disparando sus
cañones, preparándose para el abordaje. Johnny había estado trepando a su casa
en la copa del árbol como había hecho miles de veces antes, y el travesaño
justo debajo de la puerta trampilla en el fondo de la casa en el árbol se había
partido bajo sus manos, y Johnny había caído diez metros hasta el suelo y se
había roto el cuello, y la culpa era del mono, el mono, el maldito y odioso
mono. Cuando sonó el teléfono, cuando tía Ida abrió mucho la boca y luego formó
una O de horror, cuando su amiga Milly de más abajo de la calle le dio la
noticia, cuando tía Ida dijo «Sal al porche, Hal, tengo que darte una mala
noticia...», había pensado con mórbido horror: ¡El mono! ¿Qué ha hecho el mono
ahora?
No había habido ningún reflejo de su rostro atrapado en
el fondo del pozo aquel día. Únicamente los guijarros cayendo a la oscuridad y
el olor del lodo húmedo. Había mirado al mono tirado allá en la resistente
hierba que crecía entre las zarzas, sus platillos en suspenso, sus sonrientes y
enormes dientes entre sus entreabiertos labios, su pelaje, desgastado aquí y
allá hasta formar manchas peladas, sus inmóviles ojos.
—Te odio —le había susurrado.
Rodeó con su mano aquel detestable cuerpo, sintiendo
crujir el lanudo pelaje. El mono le sonrió mientras lo mantenía delante de su
rostro.
—¡Adelante! —le desafió, echándose a llorar por primera
vez aquel día.
Lo sacudió. Los inmóviles platillos se agitaron
levemente. Destruía todo lo bueno. Absolutamente todo.
—¡Adelante, hazlos sonar! ¡Hazlos sonar!
El mono simplemente sonreía.
—¡Vamos, hazlos sonar! —Su voz se alzó histéricamente—.
¡Salta, salta y hazlos sonar! ¡Vamos, atrévete! ¡Te desafío a que lo hagas!
Sus ojos amarillo amarronados. Sus enormes y regocijados
dientes.
Entonces lo arrojó al pozo, loco de pesar y de terror. Lo
vio girar sobre sí mismo una vez mientras caía, un simiesco acróbata haciendo
un truco, y el sol se reflejó por última vez en aquellos platillos. Golpeó el
fondo con un golpe sordo, y eso debió desencadenar su mecanismo, pues de
repente los platillos empezaron a sonar. Su rítmico, deliberado y cantarín
sonido ascendió hasta sus oídos, resonando con extraños ecos en la garganta de
piedra del pozo muerto: jang-jang-jang-jang...
Hal aplastó sus manos sobre su boca y, por un momento,
pudo verle allí abajo, quizá tan sólo con los ojos de la imaginación... Tendido
allá en el lodo, los ojos resplandeciendo hacia arriba, mirando al pequeño
círculo de su rostro infantil asomado sobre el borde del pozo (como si silueteara
su forma para siempre), los labios abriéndose y contrayéndose en torno a
aquellos sonrientes dientes, los platillos sonando, el alegre mono de cuerda.
Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto?
Jang-jang-jang-jang, ¿es Johnny McCabe, cayendo con los ojos desorbitados,
trazando su propia pirueta acrobática mientras cae a través del brillante aire
veraniego de vacaciones con el roto peldaño aún sujeto en sus manos para
golpear contra el suelo con un único y amargo crujido de algo que se rompe? ¿Es
Johnny, Hal? ¿O eres tú?
Gimiendo, Hal había colocado las tablas sobre el agujero,
clavándose astillas en las manos, sin importarle, sin darse siquiera cuenta
hasta más tarde. Y aún podía oírlo, incluso a través de las tablas, ahora
ahogado y, en cierto modo, peor aún: estaba ahí abajo en aquella oscuridad de
piedra, golpeando sus platillos y contorsionando su repulsivo cuerpo, y el
sonido ascendía como el sonido de un hombre enterrado prematuramente, arañando
en busca de una salida.
Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto esta vez?
Tambaleante, se abrió camino a través de las zarzas, de
vuelta a casa. Los espinos trazaron nuevos surcos de sangre en su rostro, los
lampazos se aferraron a las vueltas de sus téjanos, y en una ocasión cayó cuan
largo era, sus oídos tintineando aún, como si el mono le estuviera siguiendo.
El tío Will lo encontró más tarde, sentado en un neumático viejo en el garaje y
sollozando, y pensó que Hal estaba llorando por su amigo muerto. Así era, pero
también lloraba como secuela de su terror.
Había arrojado al mono al fondo del pozo por la tarde, a
primera hora. Aquel anochecer, mientras el ocaso se arrastraba a través de un
brillante manto de nieblas bajas, un coche avanzando demasiado rápido para la
reducida visibilidad había arrollado en la carretera al gato de la isla de Man
de tía Ida y luego prosiguió su camino. Hubo intestinos esparcidos por todas
partes y Bill vomitó, pero Hal simplemente había vuelto su rostro, su pálido y
crispado rostro, mientras oía a tía Ida sollozar (esto, añadido a las noticias
de la muerte del chico McCabe, había ocasionado un ataque de llanto casi
histérico, y pasaron dos horas antes de que el tío Will consiguiera calmarla
por completo) como si estuviera a kilómetros de distancia. En su corazón había
una fría y exultante alegría. No había sido su tumo. Había sido el gato de tía
Ida, no él, ni su hermano Bill o su tío Will (dos campeones del rodayo). Y
ahora el mono ya. No estaba, permanecía en el fondo del pozo, y un
zarrapastroso gato de la isla de Man con sus orejas llenas de garrapatas no era
un precio demasiado grande a pagar. Si el mono deseaba tocar sus infernales
platillos, que lo hiciera. Podía tocarlos y tocarlos para los insectos y los
escarabajos, todas las cosas oscuras que tenían su hogar en la garganta de
piedra del pozo. Se pudriría allá abajo en la oscuridad, y sus repulsivos
engranajes y ruedas y muelles se oxidarían en las tinieblas. Moriría ahí abajo.
En el lodo y la oscuridad. Las arañas tejerían su sudario.
Pero... había vuelto.
Lentamente, Hal tapó de nuevo el pozo, como había hecho
aquel otro día, y en sus oídos resonó el eco fantasmal de los platillos del
mono: Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto, Hal? ¿Es Terry? ¿Dennis? ¿Es
Petey, Hal? ¿Es tu favorito, verdad? ¿Es él? Jang-¡ang-jang...
—¡Deja eso!
Petey se echó hacia atrás y soltó el mono, y por un
momento de pesadilla Hal pensó que iba a ocurrir, que la sacudida iba a
desencadenar la maquinaria y los platillos iban a empezar a sonar y a
tintinear.
—Papi, me has asustado.
—Lo siento. Sólo que... no quiero que juegues con eso.
Los demás se habían ido a ver una película, y él había
pensado que llegaría de vuelta al motel antes que ellos, pero se había quedado
en la vieja casa más tiempo del que había supuesto. Los viejos y odiosos
recuerdos parecían moverse en su propia y eterna zona de tiempo...
Terry estaba sentada cerca de Petey, mirando The Beverly
Hillbillies. Contemplaba la vieja y granulosa impresión con una concentración
fija y absorta que hablaba de una reciente toma de Valium. Dennis estaba
leyendo una revista de rock, con el grupo Styx en la portada. Petey había
permanecido sentado con las piernas cruzadas en la moqueta, jugueteando con el
mono.
—No funciona de ninguna de las maneras —dijo Petey.
Lo cual explica por qué Dennis se lo ha dejado, pensó
Hal, y entonces se sintió avergonzado y furioso consigo mismo. Parecía incapaz
de controlar la hostilidad que sentía hacia Dennis cada vez más a menudo, pero
luego se notaba rebajado y vulgar..., impotente.
—No —dijo—. Es viejo. Voy a tirarlo. Dámelo.
Tendió su mano y Petey, con aspecto afligido, se lo
entregó.
—Papi se está volviendo un esquizofrénico asustado —dijo
Dennis a su madre.
Hal ya cruzaba la habitación incluso antes de darse
cuenta de lo que estaba haciendo, sonriendo como aprobadoramente con el mono en
una mano. Sacó a Dennis de su silla tirando de su camisa, y se produjo un
sonido susurrante cuando una de las costuras se rasgó en algún lugar. Dennis
pareció casi cómicamente impresionado. Su ejemplar de Tiger Beat cayó al suelo.
––¡Eh!
—Ven conmigo —dijo Hal severamente, tirando de su hijo
hacia la puerta que comunicaba con la otra habitación.
—¡Hal! —casi gritó Terry. Petey sólo abrió mucho los
ojos.
Hal sacó a Dennis fuera. Cerró la puerta de un golpe y
luego empujó a Dennis contra la puerta. Dennis empezaba a parecer asustado.
—Estás convirtiéndote en un problema —dijo Hal.
—¡Suéltame! Me has roto la camisa, me has...
Hal aplastó de nuevo al muchacho contra la puerta.
—Sí —dijo—. Un auténtico problema de descaro. ¿Te han
enseñado eso en la escuela? ¿O allá en el fumadero?
Dennis enrojeció, el rostro momentáneamente crispado por
la culpabilidad.
—¡Yo no estaría en esa mierda de escuela si a ti no te
hubieran despedido! —estalló.
Hal aplastó de nuevo al muchacho contra la puerta.
—No fui despedido. Eliminaron mi puesto y tú lo sabes. Y
no necesito tu mierda de opinión al respecto. ¿Tienes problemas? Bienvenido al
mundo, Dennis. Pero no eches tus problemas sobre mí. Comes cada día. Tus
posaderas están cubiertas. Después de once años... no necesito... ni una
mierda... de ti.
Puntuó cada frase tirando del muchacho hacia delante,
hasta que sus narices estuvieron casi tocándose, y luego lo empujó contra la
puerta. No lo hacía con la suficiente violencia como para hacerle daño, pero
Dennis estaba asustado... Su padre no había alzado la mano sobre él desde que
se habían mudado a Texas, y ahora empezó a llorar con los fuertes, roncos y
saludables sollozos de un cuerpo joven.
—¡Adelante, pégame! —le gritó a Hal, su rostro crispado y
moteado por el flujo de la sangre—. ¡Pégame si quieres! ¡Sé cuánto me odias!
—No te odio. Te quiero mucho. Dennis. Pero soy tu padre y
tienes que mostrarme respeto o voy a tener que zurrarte para conseguirlo.
Dennis intentó soltarse, pero Hal tiró del muchacho hacia
sí y lo abrazó. Dennis luchó por un momento, y luego apoyó su rostro contra el
pecho de Hal y lloró como si estuviera exhausto. Era la especie de llanto que
Hal no había oído a ninguno de sus hijos desde hacía años. Cerró los ojos,
dándose cuenta de que él también se sentía exhausto.
Terry empezó a golpear al otro lado de la puerta.
—¡Ya basta, Hal! ¡Sea lo que sea lo que le estás
haciendo, ya basta!
—No lo estoy matando —dijo Hal—. Tranquilízate, Terry.
—Pero tú...
—Todo va bien, mamá —dijo Dennis, la voz ahogada contra
el pecho de Hal.
Pudo sentir su perplejo silencio por un momento, y luego
ella se apartó de la puerta. Hal miró de nuevo a su hijo.
—Siento lo que te dije, papá —dijo Dennis, a disgusto.
—Cuando volvamos a casa, la próxima semana, aguardaré dos
o tres días y luego voy a registrar todos tus cajones, Dennis. Si hay en ellos
algo que no quieras que yo vea, será mejor que te desembaraces de ello.
De nuevo el ramalazo de culpabilidad. Dermis bajó los
ojos y se secó los mocos con el dorso de la mano.
—¿Puedo irme ahora? —dijo nuevamente hosco.
—Por supuesto —dijo Hal, y le dejó marchar.
Tenemos que ir de camping en la primavera, solos los dos.
Pescar un poco, como el tío Will acostumbraba a hacer con Bill y conmigo.
Acercarme un poco a él. Intentarlo.
Se sentó en la cama, en la vacía habitación, y miró al
mono. Nunca te acercarás de nuevo a él, Hal, parecía decir su sonrisa. Nunca
más. Nunca más.
El simple hecho de mirar al mono le hizo sentirse
agotado. Lo dejó a un lado y se puso una mano sobre los ojos.
Aquella noche, en el cuarto de baño, Hal estaba
limpiándose los dientes y pensando: Estaba en la misma caja. ¿Cómo podía estar
en la misma caja?
El cepillo de dientes se desvió hacia arriba, lastimando
sus encías. Dio un respingo.
El tenía cuatro años, y Bill seis, la primera vez que vio
el mono. Su desaparecido padre había comprado una casa en Hartford, había
terminado de pagarla y era completamente de ellos antes de que muriera o
desapareciera o lo que fuese. Su madre trabajaba como secretaria en la Holmes
Aircraft, la fábrica de helicópteros en las afueras de Westville, y una serie
de muchachas habían pasado por la casa para cuidar a los chicos, excepto que
por aquel entonces tan sólo era a Hal a quien tenían que cuidar durante el
día... Bill estaba ya en la escuela, en primer grado. Ninguna duraba mucho
tiempo. O se quedaban embarazadas y se casaban con sus amigos, o se iban a
trabajar a Holmes, o la señora Shelbum descubría que habían dado cuenta de su
jerez para cocinar o de la botella de coñac que guardaba en el aparador para
las ocasiones especiales. La mayoría eran chicas estúpidas que lo único que
parecían desear era comer o dormir. Ninguna deseaba leerle a Hal del modo que
lo hace su madre.
Aquel largo verano, la niñera fue una voluminosa y zalamera
chica negra llamada Beulah. Adulaba a Hal cuando la madre de Hal estaba por los
alrededores, y a veces le pellizcaba cuando su madre no estaba. Sin embargo,
Hal sentía un cierto aprecio hacia Beulah, que de vez en cuando le leía algún
espeluznante relato de una de sus revistas románticas o de detectives. («La
muerte avanzaba solapadamente hacia la voluptuosa pelirroja», entonaba Beulah
amenazadoramente en el soñoliento silencio de la sala de estar, y se metía otro
cacahuete salado en la boca, mientras Hal estudiaba solemnemente las mal
impresas figuras de los dibujos a página entera y bebía su leche.) Y ese
aprecio hizo que las cosas fueran peores.
Descubrió el mono en un frío y nuboso día de marzo. Caía
una esporádica aguanieve afuera en las ventanas, y Beulah estaba dormida en el
sofá, con un ejemplar de My Story abierto boca abajo sobre su admirable seno.
De modo que Hal se dirigió al cuarto trastero para echar
una ojeada a las cosas de su padre.
El cuarto trastero era un lugar para guardar cosas que
ocupaba toda la longitud del segundo piso por el lado izquierdo, un espacio
extra que nunca había sido terminado. Uno entraba en el cuarto trastero
utilizando una pequeña puerta —una especie de puertecilla como de conejera— en
el lado de Bill de la habitación de los chicos. A ambos les gustaba meterse
allí dentro, pese a que hacía frío en invierno y demasiado calor en verano,
tanto como para salir con un cubo lleno del sudor brotado de sus poros. Largo y
estrecho, y en cierto modo misterioso, el cuarto trastero estaba lleno de
fascinantes cosas viejas. No importaba cuántas cosas mirara uno allí dentro,
nunca parecía posible mirar todo lo que había. Él y Bill habían pasado varias
tardes de sábado enteras allí arriba, apenas hablándose, sacando cosas de cajas,
examinándolas, dándoles vueltas y más vueltas hasta que sus manos pudieran
absorber cada única realidad, luego devolviéndolas a su sitio. Ahora Hal se
preguntaba si él y Bill no habrían estado intentando, de la mejor manera
posible, ponerse en contacto con su desvanecido padre.
Había sido marino mercante y el lugar estaba lleno con
fajos de mapas, algunos señalados con precisos círculos (y el orificio de la
punta del compás en el centro de cada uno de ellos). Había veinte volúmenes de
algo llamado Guía para la Navegación Barron. Unos binoculares torcidos que
hacían que los ojos ardieran y que falseaban de forma curiosa las cosas si se
miraba por ellos demasiado rato. Había recuerdos turísticos de una docena de
puertos de escala —muñecas de hula-hula de caucho, un sombrero hongo de cartón
negro con una retorcida banda que decía PICA A UNA CHICA Y TE HAGO PICADILLY,
una bola de cristal con una pequeña Torre Eiffel dentro—, y había también
sobres, con sellos de muchos lugares dispuestos cuidadosamente en su interior,
y monedas de otros países; había muestras de roca de la isla hawaiana de Maui,
un cristal negro..., pesado y en cierto modo amenazador, y divertidos discos en
idiomas extranjeros.
Aquel día, con el aguanieve cayendo hipnóticamente del
techo justo encima de sus cabezas, Hal se abrió camino hasta el extremo más
alejado del cuarto trastero, apartó a un lado una caja y debajo vio otra caja:
una caja de Ralston-Purina. Mirando desde su interior, un par de vidriosos ojos
color avellana. Le dieron un sobresalto y por un momento retrocedió, el corazón
latiéndole fuertemente, como si hubiera descubierto a un mortífero pigmeo.
Luego vio su silencio, la fija mirada de aquellos ojos, y se dio cuenta de que
era algún tipo de juguete. Avanzó de nuevo y lo sacó cuidadosamente de la caja.
Le sonrió con su dentona sonrisa sin edad bajo la
amarilla luz, sus platillos muy separados.
Encantado, Hal había dado la vuelta al juguete, sintiendo
lo encrespado de su lanoso pelaje. Su alegre sonrisa le agradaba. Sin embargo,
¿no había habido algo más allí? ¿Una casi instintiva sensación de disgusto que
había aparecido y desaparecido incluso antes de que fuera consciente de ella?
Quizá fuera así, pero con un viejo recuerdo como aquél hay que procurar no
creer demasiado. Los viejos recuerdos pueden mentir, pero... ¿no había visto la
misma expresión en el rostro de Petey, en la buhardilla de la vieja casa?
Había descubierto la llave inserta en la parte baja de su
espalda y le dio cuerda. La llave giró casi demasiado fácilmente y la cuerda no
dejó oír el sonido del engranaje. Por tanto, estaba rota. Rota, pero el juguete
seguía siendo bonito.
Se lo llevó afuera para jugar con él.
—¿Qué es eso que trae, Hal? —preguntó Beulah, despertando
de su siesta.
—Nada —dijo Hal—. Lo encontré.
Lo colocó en la estantería de su lado en el dormitorio.
Estaba encima de sus cuadernos Lassie para colorear, sonriente, mirando al
espacio, los platillos en equilibrio. Estaba roto, pero pese a todo sonreía.
Aquella noche, Hal se despertó de algún sueño intranquilo, la vejiga llena, y
salió para utilizar el cuarto de baño del vestíbulo. Bill era un montón de
sábanas respirando regularmente al otro lado de la habitación.
Hal volvió del cuarto de baño, casi dormido de nuevo... y
repentinamente el mono empezó a golpear sus platillos, uno contra el otro, en
la oscuridad.
Jang-jang-jang-jang...
Se despertó por completo, como si le hubiesen golpeado en
pleno rostro con una toalla fría y mojada. Su corazón dio un brinco de
sorpresa, y un agudo chillido, casi de ratón, escapó de su garganta. Miró al
mono, los ojos muy abiertos, los labios temblando.
Jang-jang-jang-jang...
Su cuerpo se agitaba y saltaba en el estante, mientras
sus labios se abrían y cerraban, se abrían y cerraban, odiosamente alegres,
revelando unos dientes enormes y carnívoros.
—Para —susurró Hal.
Su hermano se dio la vuelta en la cama y emitió un único
y fuerte ronquido. Todo lo demás permaneció en silencio... excepto el mono. Los
platillos resonaban y tintineaban, y seguramente iban a despertar a su hermano,
a su madre, a todo el mundo. Iban a despertar incluso a los muertos.
Jang-jang-jang-jang...
Hal avanzó hacia él, dispuesto a pararlo como fuera,
quizá poniendo su mano entre los platillos hasta que se acabara la cuerda (pero
estaba rota, ¿no?) y se detuviera por sí mismo. Los platillos entrechocaron una
última vez —¡jang!— y luego se separaron lentamente hasta su posición original.
El latón relucía en las sombras. Los sucios y amarillentos dientes del mono
sonreían en su improbable sonrisa.
La casa estaba de nuevo silenciosa. Su madre se dio la
vuelta en su cama e hizo eco al ronquido de Bill. Hal volvió a su cama y se
tapó con las sábanas, su corazón latiendo aún apresuradamente, y pensó: Mañana
lo devolveré al cuarto trastero. No lo quiero.
Pero a la mañana siguiente olvidó por completo devolver
el mono a su lugar original, debido a que su madre no fue a trabajar: Beulah
había muerto. Su madre no quiso decirles exactamente lo ocurrido.
—Fue un accidente. Sólo un terrible accidente —fue todo
cuanto dijo.
Pero aquella tarde Bill compró un periódico, camino de
vuelta a casa desde la escuela, y llevó hasta su habitación, escondida bajo su
camisa, la página cuatro. (Dos muertos a tiros en un apartamento, decían los
titulares.) Leyó vacilantemente el artículo a Hal, siguiéndolo con el dedo,
mientras su madre preparaba la cena en la cocina, Beulah McCaffery, de 19 años,
y Sally Tremont, de 20, fueron muertas a tiros por el amigo de la señorita
McCaffery, Leonard White, de 25 años, a resultas de una discusión sobre quién
iba a salir a recoger el encargo que habían hecho de un menú chino. La señorita
Tremont murió en el Hartford, donde había sido trasladada urgentemente; Beulah
McCaffery murió en el acto.
Era como si Beulah hubiera desaparecido dentro de una de
sus propias revistas de detectives, pensó Hal Shelbum, y sintió que un frío
estremecimiento recorría su espina dorsal y luego rodeaba su corazón. Entonces
se dio cuenta de que los disparos se habían producido aproximadamente al mismo
tiempo que el mono...
—¿Hal? —Era la voz de Terry, soñolienta—. ¿Vienes a la
cama?
Escupió la pasta dentífrica al lavabo y se enjuagó la
boca.
—Sí —dijo.
Antes había puesto el mono en su maleta y la había
cerrado con llave. Iban a volar de vuelta a Texas dentro de dos o tres días,
pero antes quería librarse definitivamente de aquella maldita cosa. Fuera como
fuese.
—Fuiste muy duro con Dennis esta tarde —dijo Terry, en la
oscuridad.
—Dennis necesita que alguien empiece a mostrarse un poco
duro con él, creo. Está deslizándose. Simplemente, no quiero que empiece a
caer.
—Psicológicamente, pegar al chico no es la forma...
—¡Por el amor de Dios, Terry! ¡No le pegué!
—... más productiva de afirmar la autoridad paterna.
—No empieces de nuevo con la mierda esa de las sesiones
de grupo —dijo Hal, furioso.
—No comprendo por qué no deseas discutir eso —su voz era
fría.
—También le dije que quería ver todas esas drogas fuera
de casa.
—¿Has hecho eso? —Ahora sonaba aprensiva—. ¿Cómo se lo
tomó? ¿Qué dijo?
—¡Vamos, Terry! ¿Qué podía decir? ¿«Lárgate y déjame en
paz»?
—Hal, ¿qué ocurre contigo? Tú no eres así... ¿Qué es lo
que va mal?
—Nada —dijo, mientras pensaba en el mono encerrado en su
Samsonite.
¿Lo oiría si empezaba a hacer sonar sus platillos? Sí,
seguro que lo oiría. Apagado, pero audible. Haciendo sonar el sino de alguien,
como lo había hecho para Beulah, Johnny McCabe, Daisy la perra del tío Will,
Jang-jang-jang, ¿eres tú, Hal?
—Lo que ocurre es que he estado un poco tenso
últimamente.
—Espero que sólo sea eso, porque no me gustas así.
—¿No? —Y las palabras escaparon antes de que pudiera
detenerlas; ni siquiera lo deseó—. Entonces es mejor engullir unos cuantos
Valiums y todo vuelve a estar bien, ¿eh?
Oyó que contenía la respiración y luego exhalaba su
aliento temblorosamente. Entonces se echó a llorar. Hal hubiera podido
consolarla (quizá), pero no parecía haber consuelo en él. Había demasiado
terror. Todo iría mejor cuando el mono hubiera desaparecido de nuevo,
desaparecido definitivamente. Por Dios, desaparecido definitivamente.
Permaneció tendido en la cama, despierto hasta muy tarde,
hasta que el amanecer empezó a teñir el aire de gris allá afuera. Pero pensó
que sabía lo que tenía que hacer.
Fue Bill quien encontró el mono la segunda vez.
Aproximadamente un año y medio después de que Beulah
McCaffery resultara muerta en el acto. Era verano. Hal acababa de terminar su
jardín de infancia.
Volvía de jugar con Stevie Arlingen y su madre le dijo:
—Lávate las manos, Hal. Vas sucio como un cerdo.
Estaba en el porche, tomando un té helado y leyendo un
libro. Eran sus vacaciones; tenía dos semanas.
Hal metió sus manos bajo el chorro de agua fría y dejó
sus huellas de suciedad en la toalla.
—¿Dónde está Bill?
—Arriba. Dile que ordene su lado de la habitación. Parece
una pocilga.
Hal, que gozaba siendo el mensajero de noticias
desagradables en tales cuestiones, se apresuró escaleras arriba. Bill estaba
sentado en el suelo. La pequeña puerta conejera que conducía al cuarto trastero
estaba abierta de par en par. Tenía el mono entre sus manos.
—No funciona —dijo Hal inmediatamente—. Está roto.
Se sentía aprensivo, aunque apenas recordaba su vuelta
del cuarto de baño aquella noche, y al mono empezando a tocar repentinamente
sus platillos. Aproximadamente una semana después de aquello, había tenido un
mal sueño acerca del mono y de Beulah —no podía recordar exactamente cuál había
sido— y se había despertado gritando, creyendo por un momento que el suave peso
sobre su pecho era el mono, que iba a abrir los ojos y lo vería sonriéndole
ante él. Por supuesto, el suave peso era tan sólo su almohada, que él mantenía
aferrada en su pánico. Su madre acudió rápidamente con un vaso de agua y dos
tranquilizantes infantiles con ligero sabor a naranja. Ella pensaba que era la
muerte de Beulah lo que había ocasionado la pesadilla. Así era, pero no en la
forma que ella creía.
Apenas recordaba nada de aquello ahora, pero el mono
seguía asustándole, particularmente sus platillos. Y sus dientes.
—Lo sé —dijo Bill, y tiró el mono a un lado—. Es
estúpido.
El mono aterrizó sobre la cama de Bill y se quedó mirando
al techo, los platillos abiertos. A Hal no le gustaba verlo así.
—¿Quieres que vayamos a lo de Teddy y nos compremos unos
polos?
—Ya me he gastado mi asignación —dijo Hal—. Además, mamá
quiere que arregles tu parte de la habitación.
—Puedo hacerlo luego —dijo Bill—. Y te prestaré cinco
centavos, si quieres.
Bil acostumbraba a gastarle malas pasadas a Hal, y
ocasionalmente se enfadaba con él y le pegaba unos cuantos puñetazos sin razón
aparente, pero normalmente se llevaban bien.
—Estupendo —dijo Hal, agradecido—. Pero primero voy a
llevar ese mono roto al cuarto trastero, ¿eh?
—No —dijo Bill, tomándolo—. Déjalo.
Hal cedió. El humor de Bill era cambiable, y si se
entretenían para devolver el mono a su lugar, podía perder su polo. Fueron a lo
de Teddy y los compraron, y luego bajaron al descampado donde algunos chicos
estaban jugando un partido de béisbol. Hal era demasiado pequeño para jugar,
pero se sentó fuera del cuadrado, chupando su polo y persiguiendo lo que los chicos
mayores llamaban «las pelotas que se van a la China». No volvieron a casa hasta
que casi oscurecía, y su madre riñó a Hal por haber ensuciado la toalla del
cuarto de baño. Al terminar de cenar vieron la televisión, y después de todo
aquello Hal había olvidado por completo el mono. Este encontró en cierto modo
su lugar en la estantería de Bill, donde se estableció al lado de la foto
autografiada de Bill Boyd. Y allí se quedó durante casi dos años.
Cuando Hal cumplió los siete años, las niñeras se habían
convertido en una extravagancia, y la última palabra de la señora Shelbum a los
dos antes de irse cada mañana era: «Bill, cuida de tu hermano».
Ese día, sin embargo, Bill tenía que quedarse en la
escuela después de las clases para una reunión de la Patrulla de Seguridad
Infantil y Hal regresó solo a casa, deteniéndose en cada cruce hasta asegurarse
de que no venía absolutamente ningún vehículo en ninguna de las dos
direcciones. Entonces cruzaba a la carrera, los hombros hundidos hacia delante,
como un soldado de infantería atravesando la tierra de nadie.
Cuando entró en la casa, con la llave que había debajo
del felpudo, se dirigió inmediatamente a la nevera para tomar un vaso de leche.
Nada más coger la botella, ésta se deslizó entre sus dedos, se estrelló contra
el suelo haciéndose añicos, y los trozos de cristal volaron por todas partes,
mientras el mono empezaba a batir sus platillos repentinamente, allá arriba en
las escaleras.
Jang-jang-jang-jang, una y otra vez.
Hal se quedó inmóvil mirando hacia los trozos de cristal
y el charco de leche, lleno de un terror que no podía nombrar ni comprender.
Estaba simplemente ahí, fluyendo al parecer de todos sus poros.
Dio media vuelta y echó a correr escaleras arriba, hacia
su habitación. El mono permanecía erguido en el estante de Bill, y parecía
mirarle fijamente. Había derribado la foto autografiada de Bill Boyd, boca
abajo sobre la cama de Bill. El mono saltaba y sonreía y hacía sonar sus
platillos a la vez. Hal se le acercó lentamente. No deseaba hacerlo, pero era
incapaz de permanecer alejado. Los platillos se apartaban y luego volvían a
juntarse con un estruendoso tintineo, para apartarse de nuevo. Cuando se
acercó, pudo oír el mecanismo girando en las entrañas del mono.
Bruscamente, soltando un grito de revulsión y terror, lo
barrió del estante del mismo modo que uno barrería un enorme y asqueroso bicho.
El mono golpeó contra la almohada de Bill y luego cayó al suelo, los platillos
golpeando uno contra el otro, jang-jang-jang, los labios abriéndose y cerrándose
mientras permanecía allí tendido sobre su espalda, en un cuadrado de luz de un
sol de finales de abril.
Entonces, repentinamente, Hal recordó a Beulah. Aquella
noche, el mono también había hecho sonar sus platillos.
Le dio un puntapié con su zapato Buster Brown, tan fuerte
como pudo, y esta vez el grito que escapó de sus labios era un grito de furia.
El mono de cuerda se deslizó por el suelo, golpeó contra la pared, y se quedó
allá inmóvil. Hal permaneció de pie, mirándolo, los puños apretados y el corazón
saltando en su pecho. El mono le sonreía insolentemente, con el sol
reflejándose en un destello en uno de sus ojos de cristal. Patéame cuanto
quieras, parecía decirle. No soy más que ruedas dentadas y engranajes y un
tomillo sin fin o dos. Patéame cuanto gustes. No soy real, únicamente un
divertido mono de cuerda, eso es todo lo que soy. ¿Y quién está muerto? ¡Ha
habido una explosión en la fábrica de helicópteros! ¿Qué es lo que ha subido
volando hacia el cielo como una enorme y ensangrentada pelota, con los ojos
allá donde no deberían en absoluto estar? ¿Es la cabeza de tu madre, Hal? ¡Allá
abajo, en la esquina de Brook Street! ¡El coche iba demasiado rápido! ¡El
conductor estaba borracho! ¡Y ahora hay un chico de la Patrulla menos! ¿Puedes
oír el sonido crujiente cuando las ruedas pasan por encima del cráneo de Bill y
sus sesos brotan por sus orejas? ¿Sí? ¿No? ¿Quizá? A mí no me lo preguntes, yo
no lo sé. No puedo saberlo. Todo lo que sé es golpear esos platillos entre sí:
jang-jang-jang. ¿Y quién está muerto, Hal? ¿Tu madre? ¿Tu hermano? ¿O eres tú,
Hal? ¿Eres tú?
Corrió de nuevo hacia él, con la intención de saltar
sobre él, de aplastar su asqueroso cuerpo, de patearlo hasta que ruedas y
engranajes saltaran por todos lados y sus horribles ojos de cristal rodaran por
el suelo. Pero justo cuando lo alcanzaba, sus platillos empezaron a sonar de
nuevo, muy suavemente... (jang), cuando, en algún lugar dentro de él, un muelle
se expandió una última y minúscula vez... y una astilla de hielo pareció
abrirse camino a través de las paredes de su corazón, empalándolo, congelando
su furia y dejándole de nuevo enfermo de terror. El mono casi pareció darse
cuenta de ello... ¡Cuan jubilosa parecía su sonrisa!
Lo cogió sujetando uno de sus brazos entre el índice y el
pulgar de su mano derecha como si fueran unas pinzas, la boca crispada en un
gesto de asco, como si estuviera recogiendo un cadáver. Su sarnoso pelaje de
imitación parecía caliente, casi febril, contra su piel. Abrió de un golpe la
puertecilla que conducía al cuarto trastero y encendió la bombilla. El mono le
sonreía mientras Hal se arrastraba hasta el fondo del área de almacenamiento
entre cajas apiladas sobre cajas, pasado el montón de libros de navegación, los
álbumes de fotografías con sus emanaciones de viejos productos químicos y los
recuerdos y los trajes viejos, y Hal pensó: Si empieza a tocar sus platillos
ahora y se mueve en mi mano, gritaré, y si grito, hará algo más que sonreír,
empezará a reír, a reírse de mí, y entonces me volveré loco y me encontrarán
aquí, babeando y riendo, loco, me volveré loco, oh por favor querido Dios, por
favor querido Jesús, no dejéis que me vuelva loco...
Llegó al fondo del cuarto trastero y echó dos cajas a un
lado, volcando una de ellas. Arrojó el mono de vuelta a su caja de
Ralston-Purina en el rincón, y el mono se acurrucó allí, confortablemente, como
si estuviera finalmente en casa, los platillos separados, sonriendo con su
sonrisa simiesca, como si el chiste estuviera aún en Hal. Hal reptó hacia
atrás, sudando, sintiendo a la vez frió y calor, todo él fuego y hielo,
esperando que los platillos empezaran a sonar de nuevo y que, cuando sonaran,
el mono saltara de su caja y se deslizara como un escarabajo hacia él, su
cuerda zumbando, sus platillos resonando alocadamente y...
...y nada de aquello ocurrió. Apagó la luz y cerró de
golpe la pequeña puerta conejera y se apoyó contra ella, jadeando. Finalmente
empezaba a sentirse un poco mejor. Se dirigió escaleras abajo sobre piernas de
caucho, buscó una bolsa vacía, y empezó a recoger cuidadosamente todos los
trozos de cristal de la rota botella de leche, preguntándose si iba a cortarse
con ellos y desangrarse hasta morir, si era eso lo que los resonantes platillos
habían proclamado. Pero tampoco ocurrió aquello. Encontró un trapo y secó toda
la leche, luego se sentó a la espera de que su madre y su hermano regresaran a
casa.
Su madre llegó primero, preguntando:
—¿Dónde está Bill?
Con una voz pálida y lenta, seguro ahora de que Bill
debía estar muerto, Hal empezó a explicar lo de la reunión de la Patrulla,
sabiendo que, por muy larga que hubiera sido la reunión, Bill debería haber
llegado a casa hada al menos media hora.
Su madre se le quedó mirando con curiosidad y empezó a
preguntar qué era lo que iba mal, entonces la puerta se abrió y entró Bill...
sólo que no era en absoluto Bill, no realmente. Era el fantasma de Bill, pálido
y silencioso.
—¿Qué ocurre? —exclamó la señora Shelburn—. Bill, ¿qué
ocurre?
Bill se echó a llorar, y supieron la historia a través de
sus lágrimas. Había sido un coche, dijo. Él y su amigo Charlie Silverman
volvían juntos a casa después de la reunión, y el coche apareció por la esquina
de Brook Street demasiado rápido, y Charlie se había quedado como helado, y
Bill había tirado de la mano de Charlie una vez, pero ésta se le había escapado
de entre los dedos y el coche...
Bill empezó a gemir muy fuerte, entre histéricos
sollozos, y su madre lo apretó contra ella, acunándolo, y Hal miró afuera, al
porche, y vio a dos policías de pie allí. El coche patrulla en el que habían
traído a Bill a casa estaba junto al bordillo. Entonces empezó a llorar él
también... pero sus lágrimas eran lágrimas de alivio.
Ahora le tocó a Bill tener pesadillas..., sueños en los
cuales Charlie Silverman moría una y otra vez. y sus botas de cowboy Red Ryder
saltaban de sus pies, y él se empotraba contra el capó del viejo Hudson Homet
que el borracho conducía. La cabeza de Charlie Silverman y el parabrisas del
Hudson se encontraban con un ruido explosivo, y ambos reventaban al unísono. El
conductor borracho, que era propietario de una tienda de dulces en Milford,
sufría un ataque al corazón poco después de haber sido llevado a la cárcel
(quizá fuera la visión de los sesos de Charlie Silverman secándose en sus
pantalones), y su abogado obtenía un gran éxito en el juicio con su «este
hombre ya ha sido suficientemente castigado». El borracho había recibido una
condena de sesenta días (aplazada) y se le había retirado la licencia de
conducir en el estado de Connecticut durante cinco años... Casi el mismo
período de tiempo que duraron las pesadillas de Bill Shelbum. El mono estaba
oculto de nuevo en el cuarto trastero. Bill nunca se dio cuenta de que faltaba
de su estante... o, si se dio cuenta, nunca hizo mención de ello.
Hal se sintió seguro por un tiempo. Y de nuevo empezó a
olvidar al mono, o a creer que todo aquello no había sido más que un mal sueño.
Pero cuando llegó a casa procedente de la escuela, la tarde en que su madre
murió, el mono estaba de vuelta en su estante, los platillos separados e
inmóviles, sonriéndole.
Se acercó lentamente a él, como si estuviera fuera de su
cuerpo..., como si él también se hubiera convertido en un juguete de cuerda a
la vista del mono. Vio su propia mano tenderse y cogerlo. Sintió el lanudo
pelaje crujir bajo su mano, pero la sensación parecía como embotada; una simple
presión, como si alguien le hubiera inyectado una dosis entera de novocaína.
Podía oír su respiración, rápida y seca, como el resonar del viento entre la
paja.
Le dio la vuelta y sujetó la llave. Años más tarde
pensaría que su drogada fascinación era como la de un hombre que toma un arma
de seis tiros con una cámara cargada, hace girar el tambor, lo apoya contra su
cerrado y tembloroso párpado y aprieta el gatillo.
No lo hagas... Déjalo, tíralo lejos. No lo toques...
Hizo girar la llave, y en el silencio oyó una perfecta
sucesión de ligeros clics a medida que la cuerda se remontaba. Cuando soltó la
llave, el mono empezó a hacer sonar sus platillos y pudo sentir su cuerpo
contorsionarse, distenderse-y-contorsionarse, distenderse-y-contorsionarse,
como si estuviera vivo. Estaba vivo, agitándose en su mano como un repugnante
pigmeo, y la vibración que sentía a través de su pelaje marrón con grandes
manchas peladas no era el de engranajes girando, sino el latido de su negro y
ceniciento corazón.
Con un gruñido, Hal dejó caer el mono y retrocedió, sus
uñas clavándose en la carne bajo sus ojos, su palma apretada contra su boca.
Tropezó con algo y casi perdió el equilibrio (entonces hubiera caído al suelo junto
a él, sus desorbitados ojos azules mirando directamente a los ojos de cristal
color avellana del mono). Se tambaleó hacia la puerta, la cerró de golpe a sus
espaldas y se apoyó contra ella. Repentinamente, echó a correr hacia el cuarto
de baño y vomitó.
Fue la señora Stukey de la fábrica de helicópteros quien
trajo la noticia y se quedó con ellos aquellas dos primeras e interminables
noches, hasta que tía Ida llegó de Maine. Su madre había muerto de una embolia
cerebral a media tarde. Estaba de pie junto al distribuidor del agua fría con
un vaso de agua en una mano y se había derrumbado de pronto como si hubiera
recibido un tiro, sujetando aún el vaso de papel en una mano. Con la otra había
intentado agarrarse al depósito de cristal del aparato y lo había derribado
junto con ella. Se había hecho añicos... Pero el doctor de la fábrica, que
llegó a toda prisa, dijo más tarde que creía que la señora Shelburn estaba
muerta antes de que el agua la empapara a través de su traje y su ropa
interior. A los chicos no les dijeron nada de esto, pero Hal lo supo de todos
modos. Soñó de nuevo, una y otra vez en las largas noches que siguieron a la
muerte de su madre. ¿Sigues teniendo problemas para conciliar el sueño,
hermanito?, le había preguntado Bill, y Hal supuso que Bill pensaba que todas
sus inquietudes y malos sueños tenían que ver con la repentina muerte de su
madre. Y tenía razón..., pero sólo en parte. Se trataba de la culpabilidad; la
certeza, el absoluto convencimiento de que él había matado a su madre dándole
cuerda al mono en aquel soleado atardecer después de la escuela.
Cuando finalmente Hal se quedó dormido, su sueño debió de
ser profundo. Cuando despertó, era casi mediodía. Petey estaba sentado en una
silla, con las piernas cruzadas, al otro lado de la habitación. Comía
metódicamente una naranja gajo a gajo y observaba un concurso en la televisión.
Hal sacó las piernas de la cama, sintiendo como si
alguien le hubiera sumido en aquel sueño... y luego le hubiera despertado
sacándole de él. La cabeza le palpitaba.
—¿Dónde está mamá, Petey?
Petey miró a su alrededor.
—Ella y Dennis se fueron de compras. Yo dije que me
quedaba contigo. ¿Siempre hablas en sueños, papá?
Hal miró cautelosamente a su hijo.
—No, no lo creo. ¿Qué es lo que he dicho?
—No eran más que murmullos. No he podido entender nada.
Me asusté un poco.
—Bueno, aquí estoy, dispuesto y cuerdo otra vez —dijo
Hal, y consiguió esbozar una sonrisita.
Petey se la devolvió, y Hal sintió de nuevo aquel
sencillo amor hacia el chiquillo, una emoción que era clara e intensa, sin
complicaciones. Se preguntó por qué siempre había sido capaz de sentir aquello
hacia Petey, que le comprendía y que podía ayudarle, y por qué Dennis parecía
una ventana demasiado oscura como para mirar a su través, un misterio en su
forma de actuar y en sus hábitos, el tipo de chico que él no podía comprender
porque nunca había sido ese tipo de chico. Era demasiado fácil decir que el
traslado desde California había cambiado a Dennis, o que...
Sus pensamientos se congelaron. El mono. El mono estaba
sentado en el antepecho de la ventana, los platillos separados e inmóviles. Hal
sintió que su corazón se paraba bruscamente en su pecho y luego, de repente, se
lanzaba al galope. Su visión osciló, y su palpitante cabeza empezó a dolerle
ferozmente.
Había escapado de la maleta y ahora estaba apoyado en el
antepecho de la ventana, sonriéndole. Pensaste que te habías librado de mí,
¿eh? Pero ya habías pensado lo mismo antes, ¿no?
Sí, pensó de modo enfermizo. Sí, lo había pensado.
—Petey, ¿has sacado tú ese mono de mi maleta? —preguntó,
conociendo ya la respuesta: había cerrado la maleta con llave y se había metido
la llave en el bolsillo de su abrigo.
Petey miró al mono, y algo —Hal pensó que era inquietud—
pasó por su rostro.
—No —dijo—. Mamá lo puso ahí.
—¿Mamá lo hizo?
—Sí. Lo sacó de tu lado. Se rio de ello.
—¿Lo sacó de mi lado? ¿De qué estás hablando?
—Lo tenías en la cama contigo. Yo estaba lavándome los
dientes, pero Dennis lo vio. Él también se rió. Dijo que parecías un bebé con
su osito de felpa.
Hal miró al mono. Su boca estaba demasiado seca como para
tragar saliva. ¿Había estado en la cama con él? ¿En la cama? ¿Aquel asqueroso
pelaje contra su mejilla, quizá contra su boca, aquellos ojos de cristal
mirando su rostro dormido, aquellos sonrientes dientes cerca de su cuello?
¡Dios mío!
Se volvió bruscamente y se dirigió hacia el armario
empotrado. La Samsonite estaba allí, aún cerrada con llave. La llave seguía
todavía en el bolsillo de su abrigo.
Tras él, la televisión se apagó. Cerró lentamente el
armario empotrado. Petey estaba mirándole seriamente.
—Papá, no me gusta ese mono —dijo, con una voz tan baja
que casi no se oía.
—A mí tampoco —dijo Hal.
Petey lo miró fijamente para ver si estaba bromeando, y
vio que no lo estaba. Avanzó hacia su padre y lo abrazó fuertemente. Hal se dio
cuenta de que temblaba.
Petey habló entonces en su oído, muy rápidamente, como si
tuviera miedo de no tener el suficiente valor para decirlo de nuevo... o de que
el mono pudiera oírle.
—Parece que te mira. Que te mira no importa donde tú
estés en la habitación. Y si vas a la otra habitación, parece que sigue
mirándote a través de la pared. No puedo evitar sentir como si... como si me
deseara para algo.
Petey se estremeció y Hal lo abrazó más fuerte.
—Como si deseara que le dieras cuerda —dijo Hal.
Petey asintió violentamente.
—No está realmente roto, ¿verdad, papá?
—A veces lo está —dijo Hal, mirando al mono por encima
del hombro de su hijo—. Pero a veces vuelve a funcionar.
—No dejo de sentir deseos de ir hasta allá y darle
cuerda. Estaba todo tan tranquilo, y pensé: «No puedo, despertaré a papá». Pero
seguía deseándolo, y me dirigí hacia allá y... lo toqué, y odié aquel
contacto... Pero me gustó también... Era como si me estuviera diciendo: «Dame
cuerda, Petey; jugaremos. Tu padre no va a despertarse, nunca más volverá a
despertarse. Dame cuerda, dame cuerda...»
El chiquillo estalló repentinamente en lágrimas.
—Es malo, sé que lo es. Hay algo malo en él. ¿Podemos
tirarlo, papá? ¿Por favor?
El mono sonreía a Hal con su eterna sonrisa. Podía sentir
las lágrimas de Petey entre ellos. El sol del mediodía destellaba en los
platillos de latón del mono... la luz se reflejaba hacia arriba y ponía franjas
de luz solar en el liso estuco blanco del techo de la habitación del motel.
—¿Cuándo dijo tu madre que ella y Dennis iban a estar de
vuelta, Petey?
—Hacia la una. —Se secó sus enrojecidos ojos con la manga
de su camisa, como si se sintiera embarazado por sus lágrimas; pero se negó a mirar
al mono—. Puse la televisión —susurró—. Y la puse muy alta.
—Eso estuvo bien, Petey.
—Tuve una extraña idea —dijo Petey—. Tuve la idea de que
si le daba cuerda a ese mono, tú... Tú simplemente morirías, aquí en la cama.
Durmiendo. ¿No fue una extraña idea, papá? —Su voz había bajado nuevamente de
tono, y temblaba sin poder controlarse.
¿Cómo hubiera ocurrido? ¿Un ataque al corazón? ¿Una
embolia, como mi madre? ¿Qué? Realmente no importa, ¿verdad? Y, pisándole los
talones a esa idea, otro pensamiento, más estremecedor aún: Librémonos de él,
dice. Tirémoslo. Pero, ¿puede alguien librarse realmente de él? ¿Para siempre?
El mono le sonreía-burlonamente, sus platillos bien
separados. ¿Había cobrado repentinamente vida la noche en que tía Ida murió?,
se preguntó de pronto. ¿Fue ese el último sonido que ella oyó, el ahogado
jang-jang-jang del mono golpeando sus platillos allá arriba, en la oscura
buhardilla, mientras el viento silbaba por el canalón?
—Quizá no tan extraña —dijo Hal lentamente a su hijo—. Ve
a buscar tu bolsa de viaje, Petey.
Petey le miró sin comprender.
—¿Qué es lo que vamos a hacer?
Quizá podamos librarnos de él. Quizá permanentemente,
quizá tan sólo por un tiempo... Mucho o poco tiempo. Quizá simplemente vuelva y
vuelva y vuelva otra vez y es así como ocurren las cosas... Pero quizá yo
—nosotros— podamos decirle adiós por un largo tiempo. Ha necesitado veinte años
para volver esta vez. Ha necesitado veinte años para salir del pozo...
—Vamos a dar una vuelta —dijo Hal.
Se sentía completamente tranquilo, pero de algún modo
había como un peso demasiado grande debajo de su piel. Incluso los globos de
sus ojos parecían haber aumentado de peso.
Pero antes quiero que vayas a buscar tu bolsa de viaje y
la lleves ahí, al final del aparcamiento, y encuentres tres o cuatro piedras de
buen tamaño. Ponías dentro de la bolsa y tráemelo todo. ¿De acuerdo?
La comprensión parpadeó en los ojos de Petey.
—De acuerdo, papi.
Hal miró su reloj. Eran las 12:15.
—Apresúrate. Quiero haberme ido antes de que vuelva tu
madre.
—¿Adonde vamos?
—A la casa de tío Will y tía Ida —dijo Hal—. A la vieja
casa.
Hal se dirigió al cuarto de baño, miró tras la taza del
inodoro y cogió la escobilla que había apoyada contra la pared. Regresó junto a
la ventana y se detuvo allí con la escobilla en la mano, como si fuera una
varita mágica de ocasión. Miró afuera, a Petey con su chaqueta de meltón,
cruzando el aparcamiento con su bolsa de viaje, con la palabra DELTA escrita en
grandes letras blancas en su costado sobre fondo azul. Una mosca golpeó contra
la esquina superior de la ventana, lenta y estúpida en el final de la estación
cálida. Hal sabía cómo se sentía.
Observó cómo Petey recogía tres piedras de buen tamaño y
luego regresaba cruzando el aparcamiento. De pronto, un coche apareció girando
la esquina del motel, un coche que avanzaba demasiado rápido, indudablemente
demasiado rápido. Y, sin pensarlo, reaccionando con el tipo de reflejo de un
buen boxeador parando un golpe de su oponente, su mano se lanzó hacia adelante,
como si fuera a dar un golpe de karate..., y se detuvo.
Los platillos se cerraron silenciosamente sobre su mano
interpuesta y Hal sintió algo en el aire: algo parecido a la cólera.
Los frenos del coche chirriaron. Petey retrocedió
rápidamente. El conductor le hizo impacientemente un gesto, como si lo que
había estado a punto de ocurrir fuera culpa de Petey, y Petey corrió, cruzando
el aparcamiento con el cuello de su chaqueta aleteando, y penetró en la entrada
trasera del motel.
El sudor resbalaba por el pecho de Hal; lo sintió en su
frente como un goteo de oleosa lluvia. Los platillos se apretaban fríamente
contra su mano, entumeciéndola.
Sigue adelante, pensó obstinadamente. Sigue adelante,
puedo esperar todo el día. Hasta que el infierno se congele, si se necesita
tanto tiempo.
Los platillos se separaron y volvieron a su posición de
reposo. Hal oyó un débil ¡clic! en el interior del mono. Retiró su mano y la
miró. Tanto en el dorso como en la palma había unos semicírculos grisáceos
marcados en la piel, como si ésta se hubiera helado allí.
La mosca zumbó incierta, intentando encontrar el frío sol
de octubre que parecía tan cercano.
Petey entró en tromba, respirando rápidamente, las
mejillas encendidas.
—He encontrado tres buenas piedras, papá, yo... —se
interrumpió—. ¿Te encuentras bien, papá?
—Estupendamente —dijo Hal—. Trae la bolsa.
Con el pie, Hal arrastró la mesa cercana al sofá hacia la
ventana, de modo que quedara debajo del antepecho, y colocó la bolsa de viaje
en ella. La abrió como uno abre una boca. Podía ver las piedras que Petey había
recogido en el fondo. Utilizó la escobilla del water para echar el mono dentro.
Vaciló por un momento en el antepecho y luego cayó dentro de la bolsa. Hubo un
débil ¡jing! cuando uno de los platillos golpeó contra una de las piedras.
—¡Papá! ¡Papá!
La voz de Petey sonaba asustada. Hal lo miró. Algo era
diferente; algo había cambiado. ¿Qué era?
Entonces vio la dirección de la mirada de Petey y lo
supo. El zumbido de la mosca se había detenido: yacía muerta en el antepecho de
la ventana.
—¿Ha hecho eso el mono? —susurró Petey.
—Vamonos —dijo Hal, cerrando la cremallera de la bolsa—.
Te lo diré mientras conducimos hacia la vieja casa.
—¿Y cómo vamos a hacerlo? Mamá y Dennis se llevaron el
coche.
—Iremos allá, no te preocupes —dijo Hal, y revolvió el
pelo de Petey.
Mostró al empleado de la recepción su permiso de conducir
y un billete de veinte dólares. Tras recibir el reloj digital de Texas
Instruments como garantía adicional, el empleado del motel le tendió a Hal las
llaves de su propio coche: un deteriorado AMC Gremlin. Mientras conducían hacia
el este por la carretera 302 hacia Casco, Hal empezó a hablar, vacilantemente
al principio, luego un poco más rápido. Empezó contándole a Petey que su padre
probablemente había comprado el mono en ultramar, como un regalo para sus
hijos. No era un juguete particularmente único, no había nada de extraño o
valioso en él. Debían de haber centenares de miles de monos de cuerda como
aquél en el mundo, algunos hechos en Hong Kong, algunos en Taiwan, algunos en
Corea. Pero en algún lugar a lo largo de su periplo —quizá incluso en el oscuro
cuarto trastero de la casa en Connecticut donde los dos muchachos habían
crecido al principio—, algo le había ocurrido al mono. Algo terrible, maligno.
Podía ser, le dijo Hal a Petey mientras intentaba hacer que el Gremlin del
empleado pasara de los sesenta (era muy consciente de la cerrada bolsa de viaje
que había en el asiento de atrás, y Petey no dejaba de mirarla), que algo del mal
que había en el mundo —quizá incluso la mayor parte del mal que había en el
mundo— ni siquiera fuese consciente de que lo era. Podía ser que la mayor parte
del mal que había en el mundo fuera algo muy parecido a un mono con un
mecanismo al que uno puede darle cuerda; entonces el mecanismo gira, los
platillos empiezan a sonar, los dientes sonríen, los estúpidos ojos de cristal
ríen... o parecen reír...
Le habló a Petey de cómo había encontrado el mono, pero
se descubrió pasando por encima de grandes aspectos de la historia, evitando
aterrorizar al ya asustado muchacho más de lo que estaba. Así la historia
resultó deslavazada, no demasiado clara, pero Petey no hizo preguntas. Quizá
estaba llenando por sí mismo las lagunas, pensó Hal, del mismo modo que él había
soñado la muerte de su madre una y otra vez, aunque no estuvo allí.
Tío Will y tía Ida sí habían estado allí para el funeral.
Después, el tío Will había regresado a Maine —era la época de la cosecha— y tía
Ida se había quedado durante un par de semanas con los niños para arreglar los
asuntos de su hermana. Pero más que eso había pasado el tiempo haciéndose
querer por los chiquillos, tan desconcertados por la repentina muerte de su
madre que casi parecían sonámbulos. Cuando no podían dormir, ella estaba allí
con un vaso de leche caliente, cuando Hal se despertaba a las tres de la
madrugada con sus pesadillas (pesadillas en las cuales su madre se acercaba al
distribuidor del agua sin ver al mono que flotaba y se agitaba en sus frías
profundidades color zafiro, sonriendo y haciendo sonar sus platillos, que a
cada contacto dejaban escapar una hilera de burbujas) estaba allí, cuando Bill
cayó enfermo primero con fiebre y luego con un acceso de dolorosas llagas en la
boca y luego con urticaria tres días después del funeral estaba allí. Se hizo
conocer y querer por los muchachos, y antes de que tomaran el avión desde
Hartford hasta Portland con ella, tanto Bill como Hal habían ido a ella
separadamente y habían llorado en su regazo mientras ella los abrazaba y los
acunaba, y los lazos se establecieron.
El día antes de que abandonaran Connecticut
definitivamente para ir «allá abajo en Maine» (como se decía en aquellos días),
el trapero llegó con su enorme y viejo camión traqueteante y cargó la enorme
pila de trastos inútiles que Bill y Hal habían transportado hasta la acera
desde el cuarto trastero. Cuando todos los trastos habían sido apilados junto
al bordillo para ser recogidos, tía Ida les había dicho que fueran al cuarto
trastero y cogieran todos los recuerdos que desearan conservar especialmente.
«No tenemos espacio para todo lo que hay ahí, muchachos», les dijo, y Hal
supuso que Bill había tomado sus palabras al pie de la letra y había hecho caso
omiso de todas aquellas fascinantes cajas que su padre había dejado atrás la
última vez. Hal no siguió a su hermano mayor. Hal había perdido su afición
hacia el cuarto trastero. Una terrible idea se le había ocurrido durante
aquellas dos primeras semanas de luto: quizá su padre no hubiera simplemente
desaparecido, ni se hubiese ido porque tenía la pasión por la aventura y había
descubierto que no estaba hecho para el matrimonio.
Quizá el mono se había encargado de él.
Cuando oyó el camión del trapero rugir, traquetear y
petardear acercándose calle abajo, Hal se decidió. Agarró el deteriorado mono
de cuerda de su estante, donde había permanecido desde el día en que murió su
madre (no se había atrevido a tocarlo desde entonces, ni siquiera a arrastrarlo
de vuelta al cuarto trastero), y corrió escaleras abajo con él. Ni Bill ni tía
Ida lo vieron. Aposentada sobre un barril lleno de recuerdos rotos y libros
enmohecidos estaba la caja de Ralston-Purina, llena con trastos similares. Hal
lanzó al mono de vuelta a la caja de donde había salido originalmente,
desafiándole histéricamente a que empezara a tocar sus platillos (adelante,
adelante, te desafío, te desafío, TE DESAFÍO), pero el mono se quedó allí,
recostado tranquilamente de espaldas, como si estuviera esperando el autobús,
sonriendo con su horrible sonrisa de complicidad.
Hal, un chiquillo con unos viejos pantalones de pana y
unas deterioradas Buster Browns, se quedó parado allí mientras el trapero, un
tipo italiano que llevaba un crucifijo y silbaba entre los dientes, empezaba a
cargar cajas y barriles en su viejo camión de altos costados de madera. Hal lo
observó mientras alzaba el barril y la caja de Ralston-Purina en equilibrio
sobre él; observó cómo el mono desaparecía en las fauces del camión; observó
mientras el hombre trepaba de nuevo a su cabina, se sonaba ruidosamente en la
palma de su mano, secaba ésta con un enorme pañuelo rojo, y poma en marcha el
motor del camión con un ensordecedor rugido y un apestoso petardeo de aceitoso
humo azul; observó cómo el camión se alejaba. Y un gran peso desapareció de su
corazón... Realmente lo sintió marcharse. Dio un par de saltos, tan altos como
le fue posible, los brazos abiertos, las palmas hacia arriba, y si alguno de
los vecinos le vio, debió de pensar que aquella actitud era extraña hasta el
punto de la blasfemia, quizá... ¿Por qué estará ese chiquillo saltando de
alegría (porque eso era indudablemente; un salto de alegría difícilmente puede
ser disimulado) cuando su madre ni siquiera lleva un mes en la tumba?
Estaba saltando de alegría porque el mono había
desaparecido, para siempre. Desaparecido para siempre, pero no tres meses más
tarde, cuando tía Ida le envió a la buhardilla a buscar las cajas de adornos de
Navidad, y mientras iba de un lado para otro buscándolas, llenando de polvo las
rodillas de sus pantalones, se había encontrado de pronto cara a cara con él, y
su sorpresa y su terror habían sido tan grandes que había tenido que morderse
fuertemente el canto de su mano para no gritar... o perder completamente el
sentido. Allí estaba, sonriendo con su dentona sonrisa, los platillos separados
e inmóviles pero dispuestos a golpear, echado tranquilamente sobre su espalda
contra un rincón de una caja de Ralston-Purina, como si estuviera aguardando el
autobús, como si dijera: Creíste haberte librado de mí, ¿eh? Pero no es tan
fácil librarse de mí, Hal. Me gustas, Hal. Estamos hechos el uno para el otro,
como un chico y su monito preferido, un par de buenos amigos. Y en algún lugar
al sur hay un estúpido viejo trapero italiano tendido en su bañera, con los
ojos desorbitados y la dentadura postiza medio salida de su boca, su gritante
boca, un trapero que huele como una vieja batería quemada. Me había apartado
para su nieto, Hal, y me puso en el estante con su jabón y su navaja y su crema
de afeitar y la radio que estaba escuchando mientras se bañaba, y yo empecé a
tocar los platillos, y uno de mis platillos golpeó esa vieja radio y cayó
dentro de la bañera. Y entonces vine de nuevo a tí, Hal. Hice todo el camino
por carreteras comarcales, de noche, y la luz de la luna se reflejaba en mis
dientes a las tres de la madrugada, y dejé muerte en mi despertar, Hal. Vine
hasta tí. Soy tu regalo de Navidad, Hal, dame cuerda. ¿Quién está muerto? ¿Es
Bill? ¿Es el tío Will? ¿Eres tú, Hal? ¿Eres tú?
Hal había retrocedido, su boca locamente crispada, los
ojos desorbitados, y estuvo a punto de caer escaleras abajo. Le dijo a tía Ida
que no había podido encontrar los adornos de Navidad —era la primera mentira
que le decía, y ella vio la mentira en su rostro, pero no le preguntó por qué
se la decía, gracias a Dios—, y más tarde cuando vino Bill, le pidió que los
buscara él, y Bill regresó con los adornos de Navidad. Más tarde, cuando
estuvieron solos, Bill le susurró que era un tonto incapaz de encontrar su
propio culo con las dos manos y una linterna. Hal no dijo nada. Hal estaba
pálido y silencioso, tomando ausentemente su cena. Y aquella noche soñó de
nuevo con el mono, uno de sus platillos golpeando la vieja radio mientras
desgranaba las notas de una canción de Deán Martín, y la radio caía dentro de
la bañera mientras el mono sonreía y golpeaba sus platillos con un JANG y un
JANG y un JANG. Sólo que no era el trapero italiano quien estaba en la bañera
cuando el agua se volvía eléctrica.
Era él.
Hal y su hijo bajaron al embarcadero que había detrás de
la vieja casa y se dirigieron hacia la caseta de botes que se proyectaba sobre
el agua encaramada a sus viejos pilotes. Hal llevaba la bolsa de viaje en su
mano derecha. Su garganta estaba seca, sus oídos eran anormalmente sensibles a
todos los sonidos agudos. La bolsa parecía terriblemente pesada.
—¿Qué hay ahí abajo, papá? —preguntó Petey.
Hal no respondió. Depositó en el suelo la bolsa de viaje.
—No toques eso —dijo, y Petey retrocedió unos pasos.
Hal rebuscó en sus bolsillos el manojo de llaves que Bill
le había dado y encontró una claramente etiquetada C-BOTES con una tira de
cinta adhesiva.
El día era claro y frío, ventoso, el cielo de un azul
brillante. Las hojas de los árboles que llenaban la orilla del lago habían
cambiado sus deslumbrantes tonalidades del rojo sangre al burlón amarillo.
Susurraban y hablaban en el viento. Las hojas revoloteaban en torno a los
zapatos de lona de Petey mientras éste permanecía ansiosamente de pie junto a
él, y Hal podía oler el noviembre en el viento, con el invierno empujando
detrás.
La llave giró en el candado, y Hal empujó las puertas
batientes, abriéndolas por completo. La memoria era buena; Ni siquiera tuvo que
mirar para colocar con el pie el bloque de madera que mantenía abierta la
puerta. El olor allí dentro era todo verano: lonas y madera barnizada, un
persistente olor a humedad.
El bote de remos del tío Will estaba aún allí, los remos
cuidadosamente preparados, como si hubiera sido cargado con el equipo de pesca
y las dos cajas de seis latas de cerveza heladas la tarde anterior. Bill y Hal
habían ido a pescar con el tío Will muchas veces, pero nunca juntos; el tío
Will sostenía que el bote era demasiado pequeño para tres. El asiento rojo, que
el tío Will repintaba cada primavera, estaba ahora con la pintura rayada y
desgastada, y las arañas habían tejido sus telas en la proa del bote.
Hal soltó las sujeciones y tiró del bote rampa abajo
hacia la pequeña imitación de playa. Las excursiones de pesca habían sido uno
de los mejores momentos de su infancia con el tío Will y la tía Ida. Tenía la
sensación de que para Bill había significado lo mismo. El tío Will era
normalmente el más taciturno de los hombres, pero una vez tenía el bote en la
posición que él quería, unos sesenta o setenta metros lejos de la orilla, los
sedales echados y los flotadores meciéndose en el agua, abría una cerveza para
él y otra para Hal (que raramente bebía más de la mitad de la única que el tío
Will le permitía, siempre con la advertencia ritual de que tía Ida nunca debía
enterarse porque «me pegaría un tiro si supiera que os doy cerveza a vosotros
los chicos, ¿sabéis?»), y se convertía en el más expansivo de los hombres.
Contaba historias, respondía a preguntas, volvía a cebar el anzuelo de Hal si
era necesario; y el bote podía ir derivando allá donde el viento y la débil
corriente lo quisieran llevar.
—¿Por qué nunca vas directamente al centro del lago, tío
Will? —había preguntado Hal en una ocasión.
—Mira por este lado de aquí, Hal —le había respondido el
tío Will.
Hal lo había hecho. Vio agua azul y su sedal hundiéndose
en la oscuridad.
—Estás mirando a la parte más profunda del Crystal Lake
—dijo tío Will, aplastando una lata de cerveza vacía con una mano y
seleccionando una fresca con la otra—. Unos treinta metros, centímetro más,
centímetro menos. El viejo Studebaker de Amos Culligan está ahí abajo en algún
lugar. El maldito estúpido lo metió en el lago a principios de un diciembre,
antes de que se formara del todo la capa de hielo. Tuvo suerte pudiendo salir
con vida. Nunca lo podrán sacar, ni verlo hasta que suenen las trompetas del
día del Juicio Final. Las cosas más grandes están precisamente ahí, Hal. No es
necesario ir más lejos. Déjame ver cómo está tu gusano. Enrolla ese cabrón de
sedal.
Hal lo hizo, y mientras el tío Will colocaba en su
anzuelo un gusano fresco de la vieja lata de Crisco que le servía de caja para
los cebos, miró al agua, fascinado, intentando ver el viejo Studebaker de Amos
Culligan. Todo oxidado y con algas surgiendo flotantes por la abierta
ventanilla del lado de conductor a través de la cual había escapado Amos en el
último momento, algas festoneando el volante como una corona mortuoria, algas
colgando del espejo retrovisor y agitándose hacia delante y hacia atrás como
una extraña rosaleda. Pero sólo podía ver el agua azul oscureciéndose hasta el
negro, y allí estaba la silueta de la lombriz del tío Will, el anzuelo oculto
en sus nudos, colgando allí arriba, en medio de muchas cosas, su propia versión
de la realidad inundada de sol. Hal tuvo una breve y mareante visión de
hallarse suspendido sobre un inmenso abismo, y tuvo que cerrar los ojos por un
momento hasta que el vértigo pasó. Ese día, creía recordar, se había bebido
toda la lata de cerveza.
...La parte más profunda del Crystal Lake... Unos treinta
metros, centímetro más, centímetro menos.
Hizo una momentánea pausa, jadeando, y alzó la vista
hacia Petey, que aún le observaba ansiosamente.
—¿Quieres que te ayude, papá?
—Dentro de un momento.
Recuperó de nuevo el aliento, y ahora tiró de la barca de
remos cruzando la estrecha franja de pedregosa arena hasta el agua, dejando un
profundo surco. La pintura se había desconchado, pero la barca había sido
mantenida bajo cubierto y parecía segura.
Cuando él y el tío Will salían, era el tío Will quien
tiraba de la barca rampa abajo, y cuando la proa estaba a flote, trepaba en
ella, agarraba un remo para empujar con él, y decía: «Empújame fuerte, Hal...
¡Así fortalecerás tus piernas!»
—Trae la bolsa hasta aquí, Petey, y luego dame un empujón
—dijo Hal a su hijo. Y, sonriendo un poco, añadió—: Así fortalecerás tus
piernas.
Petey no le devolvió la sonrisa.
—¿Voy a venir contigo, papá?
—Esta vez, no. En otra ocasión te llevaré conmigo a
pescar, pero... no esta vez.
Petey vaciló. El viento agitaba su cabello marrón, y unas
cuantas hojas amarillentas, crujientes y secas, remolinearon en torno a sus
hombros y aterrizaron en el borde del agua, balanceándose como otros tantos
botes.
—Deberías haberlos amortiguado —dijo Petey en voz muy
baja.
—¿Qué? —preguntó, aunque creyó comprender lo que quería
decir Petey.
—Haber puesto algodón en los platillos. Haberlos
almohadillado. Así no podrían... hacer ese ruido.
Hal recordó repentinamente a Daisy acercándosele —no
andando, sino bamboleándose— y cómo, de pronto, la sangre empezaba a manar de
ambos ojos de Daisy en un flujo que empapaba el pelaje de su cuello y goteaba
hasta el suelo del granero, cómo se derrumbaba sobre sus patas delanteras... y
cómo, en el quieto y lluvioso aire de primavera de aquel día, escuchó el
sonido, no amortiguado, sino curiosamente claro, procedente de la buhardilla de
la casa, a veinte metros de distancia: ¡Jang-jang-jang-jang!
Se había puesto a gritar histéricamente, dejando caer la
brazada de madera que llevaba para el fuego. Echó a correr hacia la cocina en
busca del tío Will, que estaba comiendo huevos revueltos y tostadas, antes
incluso de haberse puesto los tirantes sobre los hombros.
Era una perra vieja, Hal, había dicho el tío Will, su
rostro ojeroso y triste... Él también parecía viejo. Tenía doce años, y eso son
muchos años para un perro. No deberías tomártelo así, muchacho... A la vieja
Daisy no le hubiera gustado.
Vieja, había hecho eco el veterinario, pero, pese a todo,
pareció desconcertado, porque los perros no mueren de una hemorragia cerebral
explosiva, ni siquiera a los doce años («como si alguien hubiera hecho estallar
un petardo en su cabeza», había oído Hal que el veterinario le decía al tío
Will, mientras el tío Will cavaba un hoyo detrás del granero, no lejos del
lugar donde había enterrado a la madre de Daisy en 1950: «Nunca he visto nada
así, Will»).
Y más tarde, aterrado hasta casi perder el control, pero
incapaz de resistirse, Hal había subido hasta la buhardilla.
Hola, Hal, ¿cómo te encuentras?, había sonreído el mono
desde su oscuro rincón. Sus platillos estaban inmóviles, separados entre sí
unos treinta centímetros. El cojín del sofá que Hal había colocado entre ellos
estaba ahora al otro lado de la buhardilla. Algo —alguna fuerza— lo había arrojado
hasta allí, con tanto impulso como para rasgar su cubierta, y el relleno
brotaba del desgarrón. No te preocupes por Daisy, susurró el mono dentro de su
cabeza, sus cristalinos ojos color avellana fijos en los azules y muy abiertos
de Hal Shelburn. No te preocupes por Daisy, era vieja. Vieja, Hal. Incluso el
veterinario lo ha dicho. Además, ¿viste la sangre brotar por sus ojos, Hal?
Dame cuerda, Hal. Dame cuerda y juguemos. ¿Y quien está muerto, Hal? ¿Eres tú?
Cuando recuperó la cordura se dio cuenta de que había
estado arrastrándose hacia el mono como si estuviera hipnotizado, y que tenía
una mano tendida para coger la llave. Entonces retrocedió bruscamente y casi
estuvo a punto de caerse por las escaleras de la buhardilla en su
apresuramiento... Probablemente se hubiera caído si la caja de la escalera no
hubiera sido tan estrecha. Un leve gemido escapó de su garganta.
Ahora se sentó en el bote, mirando a Petey.
—Amortiguar los platillos no sirve de nada —dijo—. Ya lo
intenté una vez.
Petey lanzo una nerviosa mirada a la bolsa de viaje.
—¿Qué ocurrió, papá?
—Nada de lo que desee hablar ahora —dijo Hal—, y nada que
tú desees oír. Ven y dame un empujón.
Petey se inclinó hacia la barca, y la popa de la
embarcación rascó contra la arena. Hal empujó con un remo, y de pronto aquella
sensación de estar ligado a la tierra desapareció. El bote estaba avanzando
ligeramente, de nuevo en su elemento tras varios años en la oscuridad del
cobertizo para los botes, balanceándose en el ligero oleaje. Hal colocó los
remos en sus toletes, primero uno, luego el otro, y luego cerró las chumaceras.
—Ven con cuidado, papá —dijo Petey. Su rostro estaba
pálido.
—No voy a estar mucho rato —prometió Hal, pero miró hacia
la bolsa de viaje y se interrogó a sí mismo.
Empezó a remar, inclinándose ligeramente para hacerlo. El
viejo y familiar dolor en la parte baja de su espalda y entre sus omoplatos
empezó. La orilla fue alejándose. Petey tenía mágicamente ocho años de nuevo,
seis, un niño de cuatro años de pie en el borde del agua. Se protegió los ojos
con una mano infantil.
Hal miró casualmente a la orilla, pero no se permitió
estudiarla realmente. Habían pasado cerca de quince años, y si estudiaba
atentamente la línea de la costa vería los cambios más que las similitudes y se
encontraría perdido. El sol golpeaba contra su cuello, y empezó a sudar. Miró
la bolsa de viaje, y por un momento perdió el ritmo de empuja-y-tira. La bolsa
de viaje parecía... parecía estar agitándose. Empezó a remar más aprisa.
El viento soplaba ahora, secando el sudor y enfriando su
piel. El bote se alzó y la proa hendió el agua hacia uno y otro lado cuando
volvió a caer. ¿Había refrescado el viento, justo en el último minuto o así?
¿No estaba Petey gritando algo? Sí. Hal no podía entender lo que decía por
encima del viento. No importaba. Librarse del mono por otros veinte años —o
quizá para siempre (por favor. Dios, para siempre)—, eso era lo que importaba.
El bote se alzó y volvió a caer. Miró hacia la izquierda
y vio pequeñas cabrillas. Miró hacia la orilla de nuevo y vio la Punta del
Cazador y un edificio en ruinas que debía haber sido el cobertizo para botes de
Burdon cuando él y Bill eran niños. Ya casi había llegado, pues. Casi estaba
encima del lugar donde el Studebaker de Amos Culligan se había hundido entre el
hielo un diciembre de hacía muchos años. Casi encima de la parte más profunda
del lago.
Petey estaba gritando algo; gritando y señalando. Hal
seguía sin poder oír. El bote de remos se alzaba y caía, lanzando nubecillas de
espuma a ambos lados de su desconchada proa. Un pequeño arcoiris brilló en uno
de los lados, se deshizo en una miríada de puntos. La luz del sol y las sombras
se perseguían cruzando el lago, y las olas no eran suaves ahora; las cabrillas
habían crecido. Su sudor se había secado poniendo carne de gallina en su piel,
y la espuma había empapado la parte de atrás de su chaqueta. Remó tercamente,
los ojos yendo alternativamente de la orilla a la bolsa de viaje. El bote se
alzó de nuevo, esta vez tanto que por un momento el remo izquierdo palmeó el
aire en vez del agua.
Petey estaba señalando hacia el cielo, sus gritos ahora
reducidos a un débil asomo de sonido.
Hal miró por encima de su hombro.
El lago era un frenesí de olas. Se había convertido en
una masa de azul oscuro lleno de costurones blancos. Una sombra cruzaba la
superficie del agua hacia el bote y algo en su forma era familiar, tan
terriblemente familiar, que Hal alzó la vista, y entonces el grito estuvo allí,
debatiéndose en su congestionada garganta.
El sol estaba detrás de la nube, convirtiéndola en una
forma claramente identificable, con dos crecientes dorados mantenidos aparte.
Había dos agujeros en un extremo de la nube, y el sol brotaba a través de ellos
formando como dos pozos de luz.
Cuando la nube cruzó por encima del bote, los platillos
del mono, apenas ahogados por la bolsa de viaje, empezaron a sonar.
Jang-jang-jang-jang, eres tú, Hal. Finalmente eres tú. Estás encima de la parte
más profunda del lago ahora y es tu turno, tu turno, tu turno...
Todos los elementos necesarios de la línea de la costa
habían encajado en su lugar. Los carcomidos huesos del Studebaker de Amos
Culligan estaban en algún lugar allá abajo, allí era donde estaban las cosas
grandes, aquél era el lugar.
Hal metió los remos en un rápido movimiento, se inclinó
hacia delante sin darse cuenta de los alocados bandazos del bote, y aferró la
bolsa de viaje. Los platillos seguían lanzando su loca música pagana; los
costados de la bolsa se hincharon como impelidos por una tenebrosa respiración.
—¡Exactamente aquí, hijo de puta! —gritó Hal—.
¡EXACTAMENTE AQUÍ!
Arrojó la bolsa por encima de la borda.
Se hundió rápidamente. Por un momento pudo verla
descender, sus costados agitándose, y durante aquel interminable momento pudo
oír aún los platillos sonando. Y por un momento las negras aguas parecieron
aclararse y pudo ver hacia abajo hasta aquel terrible abismo de agua lleno de
cosas enormes; allí estaba el Studebaker de Amos Culligan, y la madre de Hal
estaba detrás de su legamoso volante, un sonriente esqueleto con una perca
asomándose y escrutando fríamente desde la cavidad nasal de su calavera. El tío
Will y la tía Ida estaban recostados a su lado, y el pelo gris de la tía Ida
flotaba hacia arriba mientras la bolsa iba cayendo, girando y girando sobre sí
misma, con unas cuantas burbujas plateadas ascendiendo hacia la superficie:
Jang-jang-jang-jang...
Hal volvió a meter bruscamente los remos en el agua,
rascándose los nudillos hasta hacerse sangre (¡Oh Dios! ¡El asiento de atrás
del Studebaker de Amos Culligan estaba lleno de niños muertos! Charlie
Silverman... Johnny McCabe...), y empezó a impulsar el bote.
Hubo un crujido como el seco disparo de una pistola entre
sus pies, y de repente un chorro de limpia agua empezó a brotar entre dos tablas.
El bote era viejo: la madera se había contraído ligeramente, sin la menor duda.
Se trataba tan sólo de una pequeña fisura. Pero no había ninguna cuando remaba
hacia el centro del lago. Podía jurarlo.
La orilla y el lago cambiaron de orientación con respecto
a él. Petey estaba a sus espaldas ahora. Por encima de su cabeza, aquella
horrible nube simiesca estaba desgarrándose. Hal siguió remando. Veinte
segundos fueron suficientes para convencerle de que estaba remando para salvar
su vida. Era tan sólo un nadador mediocre, y ni siquiera uno excelente se
pondría a prueba en aquellas repentinamente agitadas aguas.
Otras dos tablas se agrietaron bruscamente con aquel
sonido parecido a un disparo. Más agua penetró en el bote, empapando sus
zapatos. Hubo pequeños sonidos metálicos restallantes, que supuso eran clavos
partiéndose. Una de las chumaceras de los remos crujió, se rompió y cayó al
agua... ¿Iba a seguirle el tolete?
El viento soplaba ahora desde su espalda, como si
intentara frenarle o incluso empujarle hasta el centro del lago. Se sentía
aterrorizado, pero al mismo tiempo sentía una especie de loca alegría a través
del terror. El mono había desaparecido definitivamente esta vez. Lo sabía de
algún modo. Ocurriera lo que le ocurriese a él, el mono no volvería a arrojar
sombras sobre la vida de Dennis o de Petey. El mono había desaparecido, y ahora
yacía quizá sobre el techo, quizá sobre el capó del Studebaker de Amos
Culligan, en el fondo del Crystal Lake. Había desaparecido para siempre.
Remó, inclinándose hacia delante y tirando hacia atrás.
Aquel sonido crujiente de la madera llegó de nuevo, y ahora la vieja lata de
cebos oxidada que había estado en el fondo del bote flotaba en un palmo de
agua. La espuma azotaba el rostro de Hal. Hubo un fuerte sonido restallante, y
el asiento de proa se partió en dos trozos y quedó flotando cerca de la caja de
cebos. Una tabla se partió en el lado izquierdo del bote, y luego otra, ésta en
la línea de flotación, en el lado derecho. Hal siguió remando. La respiración
raspaba en su boca, caliente y seca, y su garganta le dolía con el sabor
metálico del agotamiento. Sus empapados cabellos se agitaban.
Ahora el crujido llegó directamente del fondo del bote,
zigzagueó entre sus pies y avanzó hacia proa. El agua penetró en tromba; se
encontró con agua hasta los tobillos, luego hasta las pantorrillas. Siguió
remando, pero el avance del bote hacia la orilla era ahora fangoso. No se
atrevía a mirar hacia atrás para ver a qué distancia se hallaba.
Otra tabla se soltó. El crujido que recoma el centro del
bote se ramificó, como un árbol, y el agua lo inundó.
Hal empezó a manejar los remos a toda la velocidad que le
fue posible, respirando entrecortadamente, jadeando. Empujó una vez..., dos
veces..., y al tercer empujón ambos toletes se partieron. Perdió un remo,
aferró desesperadamente el otro, se puso en pie y empezó a sacudir el agua con
él. El bote se inclinó de costado hasta casi volcar y le arrojó hacia atrás,
contra su asiento, con un fuerte golpe.
Segundos más tarde otras tablas se soltaron, el asiento
se hundió, y se encontró tendido en el agua que llenaba el fondo del bote,
sorprendido ante su frialdad. Intentó ponerse de rodillas, pensando
desesperadamente: Petey no debe ver esto, no debe ver a su padre ahogándose delante
de sus ojos. Vas a nadar, chapotearás como un perro si es necesario, pero lo
harás. Tienes que hacer algo...
Hubo otro chasquido desgarrante —casi un crujido—, y se
encontró en el agua, nadando hacia la orilla como nunca había nadado en su
vida... y la orilla estaba sorprendentemente cerca. Un minuto más tarde estaba
de pie en el agua, que le cubría hasta el pecho, a menos de cinco metros de la
playa.
Petey chapoteó hacia él, los brazos extendidos, gritando,
llorando y riendo. Hal avanzó hacia él, forcejeando. Petey, con el agua hasta
el pecho, forcejeó también.
Se abrazaron fuertemente.
Hal inspiró profundamente, jadeando, apretando con fuerza
al muchacho entre sus brazos y llevándolo hasta la playa, donde ambos se
dejaron caer sobre la arena, agotados.
—Papá, ¿se ha ido realmente ese mono?
—Sí. Creo que se ha ido realmente.
—El bote se hizo pedazos. Así, sencillamente, se hizo
pedazos a tu alrededor...
Desintegrado, pensó Hal, y miró las tablas que flotaban a
la deriva en el agua, a quince metros de distancia. No tenían el menor parecido
con el resistente bote de remos hecho a mano que había sacado del cobertizo de
botes.
—Todo está bien ahora —dijo Hal, echándose hacia atrás y
apoyándose sobre sus codos.
Cerró los ojos y dejó que el sol calentara su rostro.
—¿Viste la nube? —susurró Petey.
—Sí. Pero ahora no la veo... ¿Y tú?
Miraron al cielo. Había algunos jirones de nubes aquí y
allá, pero ninguna nube grande y oscura. No se la veía... como acababa de
decir.
Hal ayudó a Petey a ponerse en pie.
—Debe de haber toallas ahí arriba en la casa. Vamos.
—Pero hizo una pausa, mirando a su hijo—. ¿Estás loco, correr como lo has
hecho?
Petey le miró solemnemente.
—Has sido un valiente, papá.
—¿Lo he sido?
El pensamiento del valor jamás había cruzado por su
mente. Sólo el del miedo. El miedo había sido demasiado grande como para ver
ninguna otra cosa. Si es que realmente había habido alguna otra cosa.
—Vamos, Petey.
—¿Qué vamos a decirle a mamá?
Hal sonrió.
—No vamos a contarle nada de esto, gran muchacho. Ya se
nos ocurrirá algo.
Hizo una pausa, mirando las tablas que flotaban en el
agua. El lago estaba nuevamente en calma, con pequeñas olitas chispeantes. Hal
pensó en los veraneantes que nunca llegaría a conocer... quizá un hombre y su
hijo, pescando en busca de peces grandes. ¡He cogido algo, papi!, grita el
niño. ¡Sácalo y veamos lo que es!, dice el padre. Y surgiendo de las
profundidades, con algas colgando de sus platillos, sonriendo son su terrible
sonrisa de bienvenida... el mono.
Se estremeció... pero aquellas eran tan sólo cosas que
podían ocurrir.
—Vamos —le dijo de nuevo a Petey, y caminaron hacia el
sendero que subía por entre los resplandecientes árboles otoñales hacia la
vieja casa.
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