viernes, 18 de julio de 2014

El cholo que se vengó

Demetrio Aguilera Malta

-Tei amao como naide ¿sabes vos? Por ti mci hecho marinero y hei viajao por otras tierras... Por ti hei estao a punto a ser criminal y hasta hei abandonao a mi pobre vieja: por ti que me habís engañao y te habís burlao e mi... Pero mei vengao: todo lo que te pasó ya lo sabía yo dende antes. ¡Por eso te dejé ir con ese borracho que hoi te alimenta con golpes a vos y a tus hijos! 
La playa se cubría de espuma. Allí el mar azotaba con furor, y las olas enormes caían, como peces multicolores sobre las piedras. Andrea lo escuchaba en silencio. 
-Si hubiera sío otro... ¡Ah!... Lo hubiera desafiao ar machete a Andrés y lo hubiera matao... Pero no. Er no tenía la curpa. La única curpable eras vos que me habías engañao. Y tú eras la única que debía sufrir así como hei sufrió yo... 
Una ola como raya inmensa y transparente cayó a sus pies interrumpiéndole. El mar lanzaba gritos ensordesedores. Para oír a Melquíades ella había tenido que acercársele mucho. Por otra parte el frío... 
-¿Te acordás de cómo pasó? Yo, lo mesmo que si juera ayer. Tábamos chicos; nos habíamos criao juntitos. Tenía que ser lo que jué. ¿Te acordás? Nos palabriamos, nos íbamos a casar... De repente me llaman pa trabaja en la barsa e don Guayamabe. Y yo, que quería plata, mejuí. Tú hasta lloraste creo.
Pasó un mes. Yo andaba po er Guayas, con una madera, contento e regresar pronto... Y entonces me lo dijo er Badulaque: vos te habías largao con Andrés. No se sabía nada e ti. ¿Te acordás? 
El frío era más fuerte. La tarde más oscura. El mar empezaba a calmarse. Las olas llegaban a desmayar suavemente en la orilla. A lo lejos asomaba una vela de balandra. 
-Sentí pena y coraje. Hubiera querido matarlo a ér. Pero después vi que lo mejor era vengarme: yo conocía a Andrés. Sabía que con ér sólo te esperaban er palo y la miseria. Así que er sería mejor quien me vengaría... ¿Después? Hei trabajao mucho, muchísimo. Nuei querido saber más de vos. Hei visitao muchas ciudades; hei conocido muchas mujeres. Sólo hace un mes me ije: ¡anda a ver tu obra! 
El sol se ocultaba tras los manglares verdinegros. Sus rayos fantásticos danzaban sobre el cuerpo de la chola dándole colores raros. Las piedras parecían coger vida. El mar se dijera una llanura de flores polícromas. 
-Tei hallao cambiada ¿sabes vos? Estás fea; estás flaca, andas sucia. Ya no vales pa nada. Solo tienes que sufrir viendo como te hubiera ido conmigo y como estás ahora ¿sabes vos? Y andavete que ya tu marido ha destar esperando la merienda, andavete que sino tendrás hoi una paliza...
La vela de la balandra crecía. Unos alcatraces cruzaban lentamente por el cielo. El mar estaba tranquilo y callado y una sonrisa extraña plegaba los labios del cholo que se vengó. 

jueves, 17 de julio de 2014

Ajedrez

Kjell Askildsen

El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por que vivir tampoco tiene nada por que morir.
Tal vez sea ese el motivo.
Un día hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez. “Sigues vivo”, dijo, aunque él era mayor que yo. Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua. “La vida es dura –dijo–, no hay quien la aguante”. Yo estaba comiendo y no contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua. Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto situado por encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se habría quedado mirándome directamente, pero sin duda la habría desviado. Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas, y yo solo unas cuentas, y además breves. Está considerado como un escritor bastante bueno, aunque un poco guarro. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, no pregunto dónde lo habrá aprendido.
Mi hermano seguía con la mirada clavada en algún punto situado por encima de mi cabeza, supongo que se sentía en su derecho por las veinte novelas que tenía en el fofo trasero. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle el motivo de mi visita, pero pensé que después de la caminata que me había dado sería de tontos, así que le pregunté si le apetecía jugar una partida de ajedrez. “Eso lleva mucho tiempo –dijo–, y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías haber venido antes”. Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo habría merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad, o una de ellas. “No lleva más de una hora”, dije. “La partida sí –contestó–, pero a eso habría que añadir la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi corazón, sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo”. No contesté, no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así que dije: “de modo que tienes miedo a morir. Vaya, vaya”. “Tonterías. Lo que pasa es que mi obra aún no está concluida”. Así de pretencioso estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el bastón en el suelo, y me agaché a recogerlo, quería que dejara de presumir. “Cuando morimos, al menos dejamos de contradecirnos”, dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido de mis palabras. Pero él era demasiado soberbio para preguntar. “No ha sido mi intención herirte”, dijo. “¿Herirme?”, contesté levantando la voz. Era razonable que me irritara. “Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que no he escrito”. Me puse de pie y le solté un discurso: “Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene viva. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas novelas de las que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo. Y añadí, un poco vagamente, lo confieso: “Por eso he venido a jugar una partida de ajedrez”. Permaneció callado un buen rato, hasta que hice ademán de marcharme, entonces dijo: “Demasiadas palabras para tan poca cosa. Pero les sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante”.
Exactamente así era mi hermano. Por cierto, murió ese mismo día, y no es improbable que me llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle, y eso no debió de gustarle nada. Quería tener la última palabra y la tuvo, aunque supongo que habría querido decir algo más. Cuando recuerdo lo que se irritó, me viene a la memoria que los chinos tienen un símbolo en su grafía que representa la muerte por agotamiento en el acto sexual.

Al fin y al cabo éramos hermanos.

miércoles, 16 de julio de 2014

Septiembre

Pilar Galán


(…) Porque no se puede ser feliz en este tiempo muerto y lentísimo,
el indeseable paréntesis entre una vida que ya es mentira
y otra que no acaba de ser verdad del todo.
Ningún destino es tan ingrato
como el de las personas condenadas a vivir
eternamente en septiembre.
(A. Grandes)

La casa está fría. Hay nubes deshilachadas, borrones grises, flecos azules a través de la persiana. La luz se cuela aún como polen de oro, cada vez con menos fuerza, como si presintiera ya el otoño.
La siesta no nos ha hecho bien. Luis se ha levantado con el ceño fruncido, con ese gesto tan suyo de estar enfadado con todos. Ana no quiere tomarse la leche. Lloriquea aún desde la cocina, quiere empezar a andar sobre el suelo frío. Anoche tosió un par de veces, a tientas en la madrugada aparecieron por fin los edredones.
La piscina se ha puesto verde. Flotan bolsas de plástico, alguna silla, el césped se adueña ahora de todos los rincones. Luis pregunta por las ranas. Una y otra vez, cientos de veces, tironea de mi falda hasta que atrae mi atención. Las ranas, cuándo vuelven las ranas, están ya las ranas en el agua sucia, en esa agua tan sucia ya que no ve ni el fondo, podemos bajar a ver las ranas, mamá por favor. Ana llora.
Las pastillas dejan la lengua resacosa y dura. Los ojos pesan, pesa la tarde entera cada vez más cerca de la noche. Aún hay que lavarse la cara, tomarse un café, coger el coche, comprar los libros.
Milagrosamente, a las seis en punto estamos ya abajo. La portera nos mira como a recién nacidos, con esa ternura tan dulce de las mujeres mayores. Los ha abrigado usted mucho, me dice. Luego engaña el tiempo, veranillo de San Miguel, veranillo de los membrillos. No tengo fuerzas para hablar del tiempo. Recojo el correo. Tampoco hoy ha escrito. No sirven de nada los conjuros mágicos ni retrasar el momento hasta la tarde. El hueco del buzón saluda desde las once de la mañana.
Hay tráfico ya. Luis pregunta cuánto tiempo tardaremos en llegar al híper. Ana le imita. Luis le pega un manotazo en la boca. Desde el espejo retrovisor se ven las cosas como en un cine, como si no estuvieran pasando.
Pongo la radio. Suena por enésima vez la canción del verano. Atrás los dos se desgañitan. Acabarán pegándose otra vez, cuando se acabe. Por suerte, luego viene la segunda canción del verano, y luego la tercera. Sus voces me llegan desde otro mundo.
Intento mantener la concentración. Como en la autoescuela. Solo mirar al frente y a los espejos. No desviar la mirada ni un segundo. Si una avispa entra en el coche, bajar la ventanilla con cuidado, sin dar manotazos. Si nos pica, señalizar la maniobra y apartar el coche hasta el arcén.
Doy un manotazo a Luis. Cambio la cinta, me peino, en el semáforo en rojo me pinto un poco la raya. Me pita el de atrás. Ahora se me cala, verás tú cómo se me cala. Menos mal que me he puesto las zapatillas de deporte. Rebobino la cinta, subo el volumen, le paso a Ana el muñequito rosa. Me incorporo por fin a la autovía. Me pongo el cinturón de seguridad. Estoy suspensa, es lo primero que tendría que haber hecho. Bajo el seguro del coche. Estoy a punto de estrellarme con un camión. Ha empezado a llover.
Toda la ciudad ha decidido salir a comprar los libros esta tarde. Seguro. Podríamos haber ido en autobús. Me lo dijo mamá. Hija, no te arriesgues tanto, que vas con esas dos criaturas.
—Tres criaturas, mamá, eso es lo que somos. Una madre asustada y dos hijos llorones.
Mamá no sabe aparcar, dice Luis, con su voz de hombre. Le miro con odio por el retrovisor. No sabe aparcar, no sabe aparcar, canta. Ana ha empezado a seguir la melodía. Podría echarme a llorar ahora mismo, dejar el coche en mitad de la explanada, con las puertas abiertas y mis hijos dentro, y correr bajo la lluvia, como cuando era niña, exactamente igual, sentir las gotas resbalando por mi pelo, saborearlas, pisar charcos, volver a casa con las piernas empapadas, sabiendo que me espera un vaso de leche caliente y dos azotes.
En vez de eso, cuento hasta diez y sigo dando vueltas sin sentido. Aparco por fin en la otra punta de la puerta de entrada. Me miro en el espejo orgullosa de mi hazaña. Estoy horrible. Parece que me he echado encima veinte años.
Lo primero que me levanta dolor de cabeza es el ruido de la gente. Todos en procesión en busca de los libros. Luego, la música de las narices. Julio Iglesias a todo volumen. Ana arrastra los pies.
Hay una cola enorme para recoger los libros. Jugamos a contar niños, jugamos a adivinar colores, jugamos al veo-veo. Luis dice que se aburre. Que quiere ir a ver juguetes. Por megafonía anuncian que regalan el forro para los libros de texto. También hay ofertas de pescado. Ana dice que tiene hambre. Me deseo la muerte. Me llevo deseando la muerte desde las seis de la tarde.
A las ocho y media tengo todos los libros en la mano. Conocimiento del medio, Matemáticas, mi primer diccionario. Luis los abre sin cuidado alguno, pasa las páginas con sus dedos negros de arrastrarse por el suelo. Intento reñirle, pero no quiero gastar fuerzas innecesarias. Total, van a acabar despanzurrados por su cartera dentro de una semana.
Compro leche condensada, galletas, pepinillos, cerveza, una botella de vino blanco, pizzas variadas, patés. Los niños están emocionados con la cena. Yo también. Pienso ponerme a morir de pepinillos en cuanto se acuesten.
Sigue lloviendo. Ahora hace frío y la noche se extiende por encima de las luces de neón de las ofertas. Saco el coche sin rozar la pared. Luis aplaude. Riño a Ana para que no se duerma, por favor, bonita, que tengo que bañarte, que tienes que cenar, que si no, te dan las dos y mamá trabaja mañana. Le canto, pongo música, digo a mi hijo que le pegue de vez en cuando un manotazo. Lo hace encantado.
Llego a casa cargada de bolsas. Huele a naftalina, a septiembre, a forro de libro nuevo. Tengo que contenerme para no llorar. No hay luz cuando entramos. El salón está más vacío que nunca. Las plantas hacen sombras raras en los rincones.
Pongo los dibujos, baño a la niña, más dibujos, Luis hace el idiota en la bañera. Se llenan los pijamas de queso fundido, de salchichas con tomate. Ana unta en sueños su dedo en leche condensada. Protestan un poco aún. Luego caen rendidos.
A las once en punto, en mitad de mi atracón de pepinillos, suena el teléfono. Miguel quiere saber cómo están sus hijos. Hablamos despacio, muy educados. Me pregunta también por el coche, si he vuelto a rozarlo, si soy ya capaz de meterlo en el garaje. Cuento hasta veinte antes de contestar. Oigo su respiración al otro lado.
Dice que puede encargarse él de lo de los libros. Le digo que no lo dudo, pero que da la casualidad de que ya los hemos comprado. Parece fascinarle que haya sido tan aventurera como para adentrarme en el territorio prohibido del híper.
Le pregunto por el trabajo. Dice que trabaja mucho. Como siempre, se me escapa. Sé que me ha oído y que cuenta a su vez para no estallar. Se le escapa a él también preguntarme por todo en general, qué tal van tus cosas, murmura. Mientras intento contestar oigo la tos de Ana desde el pasillo. Bien, como siempre, también, ya sabes. Y me muerdo la lengua porque sé que sabe, porque me está viendo sola en su casa de antes, un poco borracha de cerveza y vino blanco, un poco asqueada de tanto pepinillo, y le gustaría decirme con su voz de hombre, al otro lado, puedo ir a ver a los niños esta noche, aunque sepa muy bien qué hora es, siempre lo ha sabido, que a las once los niños duermen hace mucho, y no esperan a que el señor importante vuelva del trabajo para contar cuentos.
Sé que está esperando una señal, que me derrumbe, que le diga con voz pastosa que no puedo más, que se me caló el coche en el semáforo, que olvidé comprar el libro de ciencias, que estoy ya llorando a moco tendido delante del forro maldito que no se deja cortar, y me estoy llenando los dedos de plástico transparente, y me aburre enormemente hojear tanto contenido para aprender a hacer los deberes, partes de la tierra, funciones del lenguaje, diferencias entre climas…
Pero cuento hasta diez y le digo que van bien las cosas, todo lo bien que pueden ir, que se cuide, que ahora tiene que empezar a hacer frío y septiembre es un mes muy traicionero. Y le imagino en su cocina blanca, impoluta, encendiendo un cigarro más antes de colgarse al teléfono con su madre o con su jefe, o con quien sea, mientras la cocina sigue limpia y no hay ninguna imbécil que le haga la cena. Le digo también lo del veranillo de San Miguel y lo de los membrillos. Y cuelgo, acto seguido, porque ya las lágrimas se acumulan en los ojos, y hay un temblor absurdo en la garganta, y me arde el estómago con los pepinillos, y me duele la cabeza con el vino, y Ana tose cada vez más.
Y lloro, a lágrima viva, tirada en el sofá, como una niña. Porque es septiembre, porque huele a libro y forro nuevo, a patio de colegio, leche condensada y comidas de madre. Porque no hay nadie que me explique por qué no escribe, por qué se empeña en hacerse el fuerte y el distante.
Me tomo dos pastillas. No hay que mezclarlas con alcohol, dice la voz protectora de mi madre. Me da igual, mamá. Tampoco estás aquí para pasarme la mano por el pelo, para llamarme bonita y explicarme qué salió mal después de todo, si me casé con el hombre que yo amaba, si tuve dos hijos preciosos y un trabajo, un piso, el carné de conducir sin coger el coche, si era la envidia de todas mis amigas, si todos le adoraban. A ver por qué, hija, tuviste que conocer a ese otro, estar a punto de perder tus hijos, cariño, con lo querían a su padre, una vida estable, toda la vida por delante.
Se me va la cabeza. Hablo sola. No tengo ganas de contestarte, mamá, de verdad que no, otra noche más no. Ya hemos hablado bastante. No me vuelvas a decir que hay que aguantar, que todos los hombres son iguales. No entiendes nada. Quiero estar sola. Quiero vivir sola.
Ana tose más fuerte. Me duele todo. El suelo está frío bajo mis pies descalzos.
Avanzo a tientas por el pasillo. No quiero ver en ningún sitio el reflejo de la ausencia.
Me tumbo al lado de mi hija, al lado de su cuerpo caliente de vainilla y chocolate. La abrazo fuerte, le doy besitos, le digo bajo que ya estoy aquí para cuidarla, porque soy mamá, y tú eres pequeña, y ahora puedo cuidarte, luego no.
Ya estoy llorando otra vez, como una idiota. Por cuidar, por no ser cuidada, por las noches y las tardes como hoy, por el miedo que me da conducir, porque quiero vivir sola, porque también quiero vivir con él.
Y, mientras acaricio a Ana, muy despacio, imagino que también a mí me tocan, me pasan la mano por el pelo, me dan besos, me abrazan. Que alguien, quien sea, me dice que es normal estar asustada, el otoño y todo eso, qué valiente has sido con el coche, no te agobies si no escribe, nada importa, solo tú y tus hijos.
Al compás de esa voz me voy quedando dormida, poco a poco. Mañana habrá carta en el buzón, seguro, y dejará de llover, y no habrá tráfico. Anita se pondrá bien y Luis no pegará a nadie en el colegio. Ya verás cómo sí.
Sin embargo, justo antes de perder del todo la consciencia, en mitad del silencio de la casa, siento el frío de septiembre, el aire de la noche que arrastra la luz y el polen de oro.

Y me duermo, por fin, sabiendo definitivamente que mañana no va a ser otro día.

martes, 15 de julio de 2014

La llegada del gusano blanco

Clark Ashton Smith

Evagh el mago, que vivía al borde del mar boreal, conocía muchos de los portentos extraños y anacrónicos que tenían lugar hacia mediados del verano. Gélido era el sol que ardía sobre Mhu Thulan desde un cielo límpido y pálido como el hielo. Al atardecer, la aurora descendía del cenit hasta la tierra como un velo en la cámara sagrada de los dioses. Pocas y raras eran las amapolas y pequeñas las anémonas que crecían en los valles ocultos por los precipicios, detrás de la casa de Evagh, y las frutas de su jardín vallado tenían la piel pálida y el corazón verde. De día contemplaba la huida, impropia para la época, de grandes bandadas de faisanes que se dirigían hacia el sur, procedentes de las islas que se encuentran más allá de Mhu Thulan y de noche escuchaba el clamor de otras bandadas.
Pero Evagh estaba preocupado por tales acontecimientos, ya que su magia no podía interpretarlos en su totalidad. Los toscos pescadores de la costa, que habitaban el puerto debajo de la morada de Evagh, también se sentían preocupados a su manera. A lo largo del verano habían salido todos los días canoas de cuero de ciervo y troncos de sauce para echar sus redes, pero al retirarlas sólo sacaban peces muertos, reventados por el fuego o por un frío intenso, y a causa de ello, con el deslizar del verano, eran pocos los que se molestaban en salir a la mar.
Entonces, y procedente del norte, adonde se dirigen los navíos de Cerngoth para recorrer las islas árticas, llegó deslizándose una galera cuyos remos estaban parados y el timón carecía de guía. La marea empujó la galera entre los barcos de los pescadores sobre las arenas, bajo la casa de Evagh, que se alzaba en el acantilado. Rodeándola, los pescadores contemplaron a sus remeros inmóviles en los remos y a su capitán en el timón. Pero sus rostros y manos eran tan blancos como los de los leprosos, y las pupilas se habían difuminado, confundiéndose con la del blanco de sus ojos abiertos, y todos ellos reflejaban un gran horror, tan profundo como el hielo que se congela en el fondo de los lagos.
Los pescadores temían tocar a los muertos y murmuraban diciendo que había caído una maldición sobre el mar, y todas las cosas y hombres con él relacionados. Pero Evagh, pensando que los cuerpos se pudrirían al sol llenando el aire de olores pestilentes, les encargó que levantasen una pila de madera seca cerca de la galera. Cuando dicha pila adquirió la altura del castillo, escondiendo a los remeros muertos, le prendió fuego con sus propias manos. Las llamas alcanzaron una gran altura y el humo se elevaba tan negro como una nube de tormenta, soplando en montoncillos. Pero cuando se apagó el fuego, los cuerpos de los remeros seguían sentados entre los bancos ardidos, y sus brazos permanecían estirados en posición de remar, con los dedos cerrados, aunque los remos se habían deshecho en cenizas. El capitán de la galera seguía inmóvil, de pie ante lo que antes fuera timón, ahora quemado sobre la cubierta. El fuego había consumido todo salvo los cuerpos, que brillaban como mármol blanco sobre la escoria de madera, sin presentar ninguna mancha negra ni ninguna huella de fuego.
Considerando el fenómeno como un prodigio de mal agüero, los pescadores quedaron estupefactos y huyeron raudos a las rocas más altas. Pero el hechicero Evagh esperó a que se enfriasen las brasas. Estas se oscurecieron rápidamente, pero siguió saliendo humo durante todo el mediodía y por la tarde, y cuando llegó el anochecer todavía estaban demasiado calientes para tocarlas. En vista de ello, Evagh cogió agua del mar en grandes jarras y roció con ella las cenizas y las brasas de manera que pudiese acercarse a los cadáveres. Cuando cesaron el humo y el chisporroteo se adelantó, y a medida que se aproximaba a los cadáveres tenía la sensación de un frío intenso, un frío que se apoderaba de sus manos y orejas, introduciéndose a través de su capa de pieles. Cuando llegó cerca tocó uno de los cuerpos con la punta de su dedo índice, y aunque lo retiró inmediatamente, sintió como si lo cruzase una llamarada de fuego.
Evagh no cabía en sí de asombro: la condición de dichos cadáveres le resultó desconocida hasta entonces, y no había nada en toda su ciencia mágica que pudiera ilustrarle en este sentido. Al volver a su casa aquella tarde quemó en cada una de las ventanas y puertas los talismanes más ofensivos para los demonios del norte. Acto seguido releyó con todo cuidado los escritos de Pnom, donde se explican numerosos exorcismos de gran efectividad contra los espíritus blancos del polo. Al parecer, eran estos espíritus los que habían dejado caer su poder sobre la tripulación de la galera, y a él no le quedaba más remedio que enterarse del alcance de dicho poder. Aunque en la habitación ardía un buen fuego, a base de hermosos troncos de pino y eucalipto, hacia medianoche comenzó a invadirla un mortífero frío. Los dedos de Evagh se entorpecieron sobre las páginas de pergamino, de manera que casi no podía ni moverlas. El frío se hizo más intenso, disminuyendo la circulación de su sangre como si fuera hielo puro, y sintió sobre su rostro el aliento de un viento gélido. Sin embargo, las pesadas puertas y las ventanas de sólidos paneles estaban perfectamente cerradas, mientras en el interior el fuego ardía con todas sus fuerzas, sin necesidad de volverlo a cargar.
Entonces, con ojos cuyos párpados se endurecían, Evagh vio cómo la habitación se iluminaba con una luz que penetraba por las ventanas orientadas hacia el norte. Pálida era la luz y llegaba a la habitación en un rayo enorme que caía directamente donde se encontraba sentado. La luz cruzó sus ojos con una brillantez helada y el frío se hizo más crudo con el resplandor; el viento silbó fuera de la luz, y ya no parecía aire, sino un elemento extraño, tan irrespirable como el éter. En vano, y con la mente entorpecida, luchó por recordar los exorcismos de Pnom; pero su aliento le ahogó en el viento afilado como un cuchillo y cayó en una especie de sopor muy próximo a la muerte. Le pareció oír voces que murmuraban encantamientos desconocidos, mientras que la luz cegadora y el éter le embebían flotando como una marea en su derredor. Al poco tiempo tuvo la sensación de que sus ojos y su carne se iban acostumbrando; y pudo volver a respirar, y su sangre corrió de nuevo por sus venas, y el sopor se disipó, y se levantó como si regresase de la muerte.
La extraña luz caía sobre él con todas sus fuerzas a través de las ventanas; pero el entumecimiento del frío había desaparecido de sus miembros y ya no sentía el frescor propio de las últimas noches del estío Al mirar por una de las ventanas contempló un espectáculo inusitado: en el puerto se encontraba un iceberg como ningún barco había visto hasta entonces en su navegar por el norte. Llenaba el amplio puerto de orilla a orilla y se elevaba hasta una altura inconmensurable con escarpados superpuestos y precipicios profundos; sus cumbres colgaban como torres en el cenit. Era más grande y más alto que la montaña Yarak, que delimita la frontera con el polo boreal, y desde su cúspide despedía un resplandor helado, más pálido y más brillante que la luz de la luna llena. Al pie del iceberg, en la orilla, quedaban los restos carbonizados de la galera, y entre los mismos podían distinguirse los cadáveres incombustibles. A lo largo de las playas arenosas y de las rocas había pescadores caídos o todavía en pie, en posturas rígidas y quietas, como si hubieran descendido hasta la orilla para contemplar al gran iceberg y sucumbido a un sueño mágico. Y todo, desde el puerto y la playa hasta el jardín de Evagh, resplandecía pálidamente, como si estuviera bajo un grueso manto de hielo.
Consciente de una gran maravilla, Evagh sintió deseos de salir de su casa; pero aún no había dado tres pasos cuando sintió que se entorpecían todos sus miembros, mientras un sueño profundo invadía sus sentidos, allí mismo donde se encontraba. Cuando despertó el sol brillaba en lo alto. Al mirar afuera fue testigo de otra nueva maravilla: ya no podía distinguir ni su jardín, ni las rocas, ni la playa. En su lugar sólo quedaban plataformas lisas de hielo que rodeaban su casa, con altos picachos. Más allá del hielo pudo ver un mar muy lejano, y más allá del mismo, una playa triste y confusa. Entonces, Evagh se sintió lleno de miedo, al reconocer en cuanto veía los resultados de una magia fuera del poder de los magos mortales. Estaba seguro que su sólida casa de piedra ya no se encontraba en la costa de Mhu Thulan, sino sobre alguna cresta superior del enorme iceberg que contemplara la noche anterior. Temblando, se arrodilló y rezó a los Antiguos, que habitaban secretamente en cavernas subterráneas, o bajo el mar, o en espacios extraterrestres. Mientras rezaba oyó unos golpes fuertes sobre la puerta.
No sin temor, se levantó y abrió el portal. Ante él se encontraban dos hombres, de rostro extraño y piel brillante, cuyas capas se asemejaban a las que acostumbran a llevar los magos, con letras entrelazadas. Dichos caracteres eran bastos y desconocidos, pero cuando los hombres le hablaron comprendió parte de su lengua, un dialecto de las islas hyperbóreas.
—Servimos al Ser Exterior cuyo nombre es Rlim Shaikorth —dijeron—. Procedente de espacios más allá del norte ha llegado en su ciudadela flotante, la montaña de hielo Yikilth, de donde brota un frío extremado y un resplandor pálido que quema la carne humana. Sólo nos ha respetado a nosotros de entre todos los habitantes de la isla Thulask, acomodando nuestro cuerpo al rigor de su morada, haciendo respirable para nosotros un aire insoportable para cualquier mortal y llevándonos consigo a lo largo de su travesía en Yikilth. También tú has sido respetado y aclimatado mediante sus encantamientos al frío y al éter. Saludos, oh Evagh, a quien consideramos un gran mago, ya que sólo los hechiceros más poderosos son elegidos y perdonados.
Evagh no salía de su asombro; pero al ver que tenía que entendérselas con hombres como él, interrogó detenidamente a los dos magos de Thulask. Se llamaban Dooni y Ux Loddhan respectivamente, y hablaban con respeto de los viejos dioses. Nada podían decirle sobre Rlim Shaikorth, pero le confesaron que su servicio para con dicho ser era igual a la adoración y culto que se rinden a un dios, junto con el rechazo de cuantos lazos le unieran hasta entonces con la humanidad. También le dijeron a Evagh que debía partir con ellos inmediatamente, llegar a la presencia de Rlim Shaikorth y realizar el ritual acostumbrado de obediencia y acatamiento del lazo señor—siervo. Evagh acompañó a los thulaskianos, quienes le condujeron hasta el pico más alto de hielo, sobre el que caían impotentes los rayos del sol. Dicho pico estaba hueco; descendiendo por unas escaleras de hielo, llegaron por fin a la cámara de Rlim Shaikorth, de planta circular abovedada, y con un bloque redondo en el centro formando un trono.

Al ver lo que ocupaba el trono, el pulso de Evagh se paralizó durante un instante por el terror; después de la primera sensación de miedo, se le revolvió el estómago de puro asco y repugnancia. Nada en el mundo podía compararse por su fealdad a Rlim Shaikorth. En cierto modo se parecía a un gusano gordo y blanco, pero su tamaño superaba con creces el de un elefante marino. Su cola, medio enroscada, era tan gruesa como los pliegues centrales de su cuerpo, y la parte frontal del mismo se elevaba del trono hacia arriba formando un disco blanco sobre el cual estaban impresos algunos rasgos. En lo que podría llamarse rostro, observábase una boca curva tan ancha como el disco, que se abría y se cerraba incesantemente dejando ver una cavidad pálida exenta de lengua y de dientes. Las cuencas de los ojos estaban muy juntas, encima de las profundas aletas de la nariz; pero dichas cuencas se hallaban vacías, y en vez de ojos aparecían de cuando en cuando glóbulos de una sustancia sanguinolenta, que se desparramaba delante del trono. Del suelo helado ascendían dos masas parecidas a las estalagmitas, oscuras y de color granate, que se habían formado con el incesante chorrear de los glóbulos.
Dooni y Ux Loddhan se postraron, y Evagh creyó oportuno imitarlos. Mientras permanecía tendido sobre el hielo oyó cómo caían las gotas rojas con el mismo ruido que el de gruesas láminas; entonces le pareció oír una voz que llegaba desde la cúpula, y la voz se parecía al sonido de una catarata oculta en un glaciar hueco lleno de cavernas.
—Oh Evagh —dijo la voz—, te he conservado de la desdicha de los demás, haciéndote igual a los que habitan dentro de las fronteras del frío y respiran el vacío sin aire. Tuya será la sabiduría eterna, y el dominio inalcanzable para los mortales, si me adoras y te conviertes en mi servidor. Viajarás conmigo por los reinos y las islas de la tierra y contemplarás cómo cae sobre ellos la blanca muerte que despide la luz de Yikilth. Nuestra llegada llevará una helada perpetua a sus jardines, infligiendo en la carne de la gente el rigor de los golfos transárticos. Y todo esto lo verás tú mismo, como si fueras uno de los señores de la muerte, sobrenatural e inmortal; y al final regresarás conmigo al mundo que se extiende más allá del polo, donde se encuentra mi imperio.
Al ver que no tenía opción alguna, Evagh declaró estar dispuesto a rendir culto y servicio al gusano pálido. Siguiendo las instrucciones de sus colegas, realizó los ritos impropios de ser narrados, y juró el voto de servidumbre. La travesía fue muy extraña, ya que al parecer el gran iceberg se movía por magia, superando toda clase de vientos y mareas. A medida que avanzaban les precedía el gélido resplandor que emanaba de Yikilth. Alcanzaron grandes galeras, cuyas tripulaciones quedaron congeladas en los remos. Los alegres puertos hyperbóreos, activos con el tráfico marítimo, se paralizaban a la llegada del iceberg. Calles y muelles quedaban inactivos y era nulo el ajetreo habitual en los puertos cuando llegaba la luz pálida. Los rayos alcanzaban las zonas del interior llevando a los campos y a los jardines una helada más duradera que el propio invierno; se helaban los bosques, y las bestias que pastaban se convenían en estatuas de mármol, de manera que los hombres que llegaron años después se encontraron a los ciervos, osos y mamuts en las posturas que tenían en el momento de morir. Pero Evagh, sentado en su casa o caminando por el iceberg, no sentía más frío que el propio de los crepúsculos estivales.
Además de Dooni y Ux Loddhan había otros cinco magos que viajaban con Evagh, escogidos igualmente por Rlim Shaikorth y transportados con sus casas al iceberg mediante encantamientos desconocidos. Eran extranjeros, llamados polarianos, y procedían de islas más próximas al polo que la gran Thulask. Evagh no terminaba de comprender sus costumbres, su magia le era extraña y su lengua incomprensible, al igual que para los thulaskianos. Los ocho magos encontraban cada día sobre sus mesas todo lo necesario para la subsistencia humana, aunque desconocían al suministrador. Lo que les unía era la adoración al gusano. Pero Evagh estaba intranquilo en su fuero interno, al contemplar la desgracia que conllevaba la aparición de Yikilth en ciudades maravillosas y zonas costeras muy productivas. No sin pena, observó la congelación de la florida Cerngoth, y la quietud que se apresuró de las ruidosas calles de Leqquan, y la helada que repentinamente cayó sobre las vegas y huertas del valle marítimo de Aguil.
El gran iceberg continuaba su viaje hacia el sur, llevando consigo el invierno mortal a tierras donde el sol estival lucía intensamente. Y Evagh se guardó para sí mismo sus pensamientos, siguiendo en todo las costumbres de los demás. A intervalos regulados por los cambios de las estrellas circumpolares, los magos ascendían hasta la cámara donde Rlim Shaikorth residía continuamente, medio enroscado sobre su trono de hielo. Una vez allí, y siguiendo un ritual cuya cadencia se correspondía con la caída de las lágrimas en forma de ojo, y con genuflexiones acordes con los bostezos de la boca del gusano, rendían a Rlim Shaikorth la adoración exigida. Y Evagh aprendió de los demás que el gusano dormía durante cierto tiempo cada vez que se oscurecía la luna; y sólo entonces cesaban de caer las lágrimas sanguinolentas y los bostezos.
A la tercera repetición de los ritos, sólo siete magos subieron a la torre. Al contarlos, Evagh se dio cuenta que el que faltaba era uno de los cinco extranjeros. Más tarde interrogó a Dooni y a Ux Loddhan e hizo signos de interrogación a los cuatro norteños; pero al parecer la suerte del mago que faltaba constituía igualmente un misterio para ellos. Ni le habían visto ni oído: después de mucho meditar, Evagh se sintió muy intranquilo. Dicha inquietud se debía a que durante la ceremonia en la cámara de la torre le había parecido que el gusano estaba más grueso que la vez anterior. Discretamente preguntó a los thulaskianos qué clase de alimentos necesitaba Rlim Shaikorth. En este sentido, ninguno se ponía de acuerdo, ya que Ux Loddhan mantenía que el gusano se nutría con los corazones de los blancos osos polares, mientras que Dooni juraba que su alimento consistía en el hígado de las ballenas. Pero, en conjunto, coincidían en que el gusano no había comido durante su estancia sobre el Yikilth.
Pero el iceberg continuaba su camino bajo el ardiente sol; y una vez más, en la fecha señalada por las estrellas, es decir, cada dos días, los magos acudían a la presencia del gusano. Ahora sólo quedaban seis, y el hechicero que faltaba era otro extranjero. El gusano estaba más gordo aún que la vez anterior, engordando visiblemente desde la cabeza hasta la cola. En esta ocasión, y utilizando cada uno su propia lengua, los seis magos restantes imploraron al gusano que les explicase la suerte corrida por sus dos compañeros ausentes. Y el gusano contestó, y su lenguaje era comprensible para todos, y cada uno pensaba que le hablaba en su propio idioma:
—Esto es un misterio, pero seréis informados a vuestro debido tiempo. Sabed esto: los dos que han desaparecido están presentes; y tanto ellos como vosotros disfrutaréis por igual de las riquezas ultramundanas y del imperio de Rlim Shaikorth, como os he prometido.

Cuando descendieron de la torre, Evagh y los dos thulaskianos discutieron acerca de la interpretación de dicha respuesta. Evagh mantenía que sus compañeros desaparecidos sólo estaban presentes desde el estómago del gusano; pero los otros sostenían que dichos hombres habían sufrido una transformación más mística, y se encontraban elevados por encima de la vista y el oído humanos. A partir de entonces comenzaron a prepararse con oraciones y ayuno para la sublime apoteosis que, según creían, les llegaría a su vez. Pero Evagh no podía confiar en las promesas confusas del gusano, y la duda y el temor aumentaron en su ánimo.
Con esperanza de encontrar alguna huella de los polarianos perdidos para mitigar su incertidumbre, realizó una búsqueda a fondo por el gran iceberg, donde tanto su casa como las de los demás hechiceros estaban colgadas, al igual que las diminutas cabañas de los pescadores, sobre los acantilados. Nadie le acompañó en su búsqueda, por temor a desagradar al gusano. Deambuló de una punta a la otra y escaló los peligrosos escarpados de hielo; descendió por los precipicios y penetró en las cuevas donde el sol no llega, y cuya única luz era el extraño brillo que se desprendía del hielo. Empotradas en las paredes, como si estuvieran incrustadas en la roca madre, vio casas como nunca las construyera el hombre, y navíos que bien podían pertenecer a otras edades y a otros mundos; pero en ninguna parte pudo detectar la presencia de criaturas vivas, y ningún espíritu o sombra respondió a sus llamadas.
En consecuencia, Evagh temía aún la traición del gusano, por lo que decidió permanecer despierto la noche anterior a la siguiente celebración de los ritos de adoración. La víspera de dicha noche se aseguró que los otros magos se hallaban en sus respectivas casas, hasta cinco; entonces se propuso vigilar sin remisión la entrada a la torre de Rlim Shaikorth, perfectamente visible desde sus propias ventanas. La luz que despedía el gran iceberg en la oscuridad era extraña y fría, desparramando un sinfín de estrellas heladas. La luna apareció muy pronto sobre el mar oriental. Pero Evagh, firme en su vigilia desde su ventana hasta bien entrada la medianoche, no vio forma alguna que saliese o entrase a la torre. A medianoche cayó súbitamente presa de un gran sopor, y no pudiendo mantener la vigilancia por más tiempo, durmió profundamente durante el resto de la noche. Al día siguiente sólo quedaban cuatro magos, quienes se reunieron en la cámara de hielo para tributar el acostumbrado homenaje a Rlim Shaikorth. Evagh observó que otros dos extranjeros, hombres de menos estatura y tamaño que sus compañeros, también faltaban.
Uno tras otro desaparecieron los compañeros de Evagh las vísperas de las noches prescritas para la ceremonia de adoración. La siguiente víctima fue el último polariano; y llegó un momento en que sólo fueron a la torre Evagh, Ux Loddhan y Dooni, pero luego Evagh y Ux Loddhan fueron los únicos en acudir. El terror de Evagh aumentaba diariamente y se habría lanzado al mar desde Yikilth si Ux Loddhan, adivinando su intención, no le hubiera advertido que ningún hombre podía escaparse de allí y seguir viviendo después en el calor solar, respirando el aire terrenal, cuando ya estaba acostumbrado al frío y al intangible éter. Llegó el momento en que la luna se oscureció completamente, y Evagh llegó ante Rlim Shaikorth preso de una gran agitación. Cuando penetró en la bóveda, con los ojos humillados, advirtió que era el único adorador. El miedo le paralizaba mientras rendía obediencia, y apenas se atrevía a elevar la vista y contemplar al gusano. Pero poco después, al iniciar las genuflexiones de rigor, pudo observar que las lágrimas rojas de Rlim Shaikorth ya no caían sobre las estalagmitas granates; tampoco se oía ruido alguno, como el que acostumbraba a hacer el gusano con sus perpetuos abrir y cerrar de boca. Por último, Evagh se atrevió a levantar la vista, y pudo observar que la masa hinchada del monstruo desbordaba por completo el borde del trono, cayendo por los lados del mismo; además, tanto la boca como las cuencas de los ojos estaban completamente cerradas. Entonces se acordó de lo que le dijeran los magos de Thulask: el gusano dormía durante cierto tiempo cada vez que se oscurecía la luna.
Pero Evagh estaba desconcertado: los ritos que le habían enseñado sólo se podían realizar mientras cayesen las lágrimas de Rlim Shaikorth y su boca se abriese y cerrase alternativa y rítmicamente. Nadie le había dicho cuáles eran los ritos adecuados cuando el gusano dormía. Tan grande era su incertidumbre, que dijo suavemente:
—¡Despertaos, oh Rlim Shaikorth!
Como respuesta, le pareció oír una multitud de voces que procedían oscuramente de la pálida masa que tenía ante sí. El sonido de las voces le llegaba amortiguado, pero pudo distinguir los acentos de Dooni y de Ux Loddhan entre un murmullo denso de palabras desconocidas que identificó con la lengua de los cinco polarianos, y, al fondo de todo, captó innumerables susurros pertenecientes a criaturas no terrenales. Y las voces se hicieron más sonoras, produciendo un clamor parecido al de prisioneros confinados en algún calabozo profundo. Pero mientras escuchaba preso de asombro y terror, la voz de Dooni se dejó oír por encima de las demás, y cesó el clamar y el murmullo, como si una multitud se silenciara para dejar hablar a un portavoz. Y Evagh oyó la voz de Dooni, que decía:
—El gusano duerme, pero nosotros, los que hemos sido devorados por él, estamos despiertos. Nos ha engañado sutilmente, y ha venido a nuestras casas durante la noche para devorarnos uno a uno mientras dormíamos bajo sus encantamientos. Se ha comido nuestras almas y nuestros cuerpos, y ahora formamos parte de Rlim Shaikorth, aunque sólo existamos en un calabozo oscuro y ruidoso. Mientras el gusano duerme, carecemos de cuerpo separado, ya que estamos inmersos en el propio ser de Rlim Shaikorth.
—Escucha, pues, oh Evagh, la verdad que hemos aprendido al formar un sólo ser con el gusano. Nos ha salvado del sino blanco y nos ha traído a Yikilth por la siguiente razón: somos los únicos de toda la humanidad que, por ser hechiceros con grandes dotes y conocimientos, podemos soportar el peligroso cambio al hielo, y respirar en un ambiente sin aire, y en consecuencia, convertirnos en un alimento apropiado para él. El gusano es tan poderoso como terrible, y el lugar de donde procede y al cual regresará no cabe en imaginación humana. El gusano es todopoderoso, excepto por el hecho de que desconoce el despertar de los que ha devorado, y la conciencia de los mismos durante su sopor. Pero el gusano, aunque es más antiguo que la antigüedad misma de los mundos, no es inmortal, sino vulnerable en una forma muy particular. Quien conozca el momento y la forma de su vulnerabilidad, y posea los arrestos necesarios, puede darle muerte fácilmente. Por tanto, te rogamos ahora en nombre de la fe para con los Antiguos que desenvaines la espada que llevas bajo el manto y la hundas en el costado de Rlim Shaikorth: así es como puede morir. Ésta es la única manera de poner fin a la muerte blanca, y de que nosotros, tus colegas, obtengamos la libertad de nuestro encarcelamiento; y junto con nosotros, son muchos los traicionados y devorados por el gusano en épocas anteriores y en mundos lejanos. Además, ésta es la única forma, asimismo, de que te libres de las fauces del gusano, y no te veas enclaustrado como un fantasma dentro de su estómago. Pero has de saber, no obstante, que quien dé muerte a Rlim Shaikorth perecerá a su vez en la empresa.
En medio de su gran asombro, Evagh interrogó a Dooni, quien le respondió con rapidez a todas sus preguntas. Aprendió mucho acerca del origen y esencia del gusano, así como de la forma en que Yikilth había descendido flotando desde los golfos transpolares para navegar por los mares de la Tierra. A medida que escuchaba, aumentaba su aborrecimiento, si bien las prácticas de magia negra hacía tiempo que endurecieran su carne y su alma, permitiéndole soportar sin inmutarse horrores indescriptibles. Pero enfermaríamos si relatásemos todo lo que oyó y aprendió. Por último, el silencio invadió la bóveda; Evagh se sentía sin fuerzas para seguir haciendo preguntas al fantasma de Dooni, y, por su parte, los que estaban encerrados con este último parecían esperar y mirar con la quietud de los muertos.
Hombre de decisión y valentía, Evagh no retrasó por más tiempo su cometido, y desenvainó de la vaina de marfil la espada de bronce corta y bien templada, que llevaba en su cinto. Acercándose al trono, hundió la hoja en la hinchada masa de Rlim Shaikorth. El arma penetró fácilmente, cortando y desgarrando, como si hubiera tocado un hígado monstruoso donde también cabía el ancho enmangue; por último, la mano derecha entera de Evagh fue arrastrada dentro de la herida. Por parte del gusano no pudo apreciar ningún movimiento, si bien de la herida brotó un torrente de una materia líquida de color negruzco, que fue adquiriendo mayor rapidez y densidad, hasta que la espada de Evagh quedó atrapada como si estuviera en un torbellino. Mucho más caliente que la sangre, y despidiendo extraños vapores humeantes, el liquido empapó sus brazos y ropas. En escasos minutos, el hielo del suelo estaba completamente cubierto, pero el fluido seguía brotando como si surgiese de alguna fuente inagotable de suciedad, desparramándose por doquier y formando charcos y riachuelos.
Evagh hubiera escapado entonces, pero cuando llegó a la escalera principal el líquido oscuro seguía subiendo, llegándole hasta los tobillos, precipitándose delante de él, escaleras abajo, como una catarata. Cada vez estaba más caliente, hirviendo y burbujeando mientras que la corriente aumentaba, agarrándole y atrayéndole con garras malignas. No se atrevía a intentar las escaleras hacia el piso inferior, pero tampoco podía encaramarse a ningún sitio dentro de la cámara abovedada. Al darse la vuelta, luchando contra la marejada por no perder pie, pudo ver entre los densos vapores la masa entronizada de Rlim Shaikorth. La herida se había agrandado prodigiosamente y el vapor salía como si fuera el agua que se escapa de una tubería rota; pero aun así, y como prueba indiscutible de la naturaleza sobrenatural del gusano, no por ello había disminuido lo más mínimo su enorme corpachón. El negro líquido seguía brotando a grandes borbotones, subiendo rápidamente hasta las rodillas de Evagh; por su parte, los vapores parecían adoptar la forma de fantasmales sirenas, retorciéndose y multiplicándose difusamente al pasar por su lado. Entonces, cuando luchaba en vano por mantenerse en pie, la marea negra le arrastró violentamente, lanzándole a una muerte segura por los peldaños de hielo, hacia los profundos abismos.
Ese mismo día, las tripulaciones de algunos veleros mercantes, que navegaban por el mar que se extiende al este de la Hyperbórea central, contemplaron un espectáculo insólito. Al avanzar hacia el norte, de regreso de las lejanas islas oceánicas y ayudados por un viento favorable, divisaron a la caída de la tarde un iceberg monstruoso, cuyas cumbres se elevaban tan altas como montañas. Parte del bloque de hielo brillaba con una luz extraña, mientras que desde el pico más alto brotaba un torrente tan negro como la tinta: todas las colinas de hielo y las plataformas inferiores estaban completamente cubiertas de ríos y cascadas de idéntica negrura, que humeaban como agua hirviendo al lanzarse al océano; el mar que rodeaba al iceberg estaba nublado y rayado en una enorme extensión, como si se tratase de una gran cantidad de Líquido negro de los pulpos.
Los marineros no se atrevían a acercarse; pero presos de asombro y admiración, pararon sus remos y permanecieron quietos contemplando el iceberg; además, cesó el viento, con lo cual sus galeras no pudieron alejarse en todo el día. El iceberg se balanceó suavemente, derritiéndose como si lo consumiera algún fuego desconocido; el aire adquirió un calor extraño entre golpes de frío ártico, y el agua que rodeaba sus barcos se tornó tibia. El hielo se deshacía trozo a trozo, y las grandes torretas heladas caían en el mar con gran estruendo, hasta que se desmoronó el pico más alto; pero el líquido negro brotaba aún como de una fuente inagotable. Los espectadores creyeron ver por un instante casas que se deslizaban hacia el mar entre restos sueltos, aunque tampoco estaban seguros a causa de los densos vapores. A la hora del crepúsculo, el iceberg se había reducido a una masa no mayor que la de un islote de hielo normal; pero la corriente negra no cesaba; y cuando el iceberg se hundió en su totalidad, la extraña luz se apagó. A partir de entonces, y dada la ausencia de luz lunar, se perdió en la oscuridad. Se levantó una galerna, que soplaba con fuerza desde el sur, y con el amanecer el mar surgió limpio de vestigios.

Referente a los temas relatados más arriba, son muchas las leyendas que han corrido por todo Mhu Thulan, así como por todos los reinos hyperboreales y sus archipiélagos. La verdad no se encuentra en dichos relatos, ya que ningún hombre ha conocido la verdad hasta ahora. Pero yo, el mago Eibon, convocando con mi necromancia al espíritu vagabundo de Evagh, he podido enterarme a través de él de la verdadera historia sobre la llegada del gusano. Y la he escrito en mi volumen omitiendo únicamente aquello que considero necesario teniendo en cuenta la debilidad y salud mortales. Y los hombres leerán este informe, muchos días después de la llegada y deshielo del gran glaciar.

lunes, 14 de julio de 2014

El nadador

John Cheever

Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan “Anoche bebí demasiado”. Quizá uno oyó la frase murmurada por los feligreses que salen de la iglesia, o la escuchó de labios del propio sacerdote, que se debate con su casulla en el vestiarium, o en las pistas de golf y de tenis, o en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufre el terrible malestar del día siguiente.

—Bebí demasiado —dijo Donald Westerhazy.

—Todos bebimos demasiado —dijo Lucinda Merrill.

—Seguramente fue el vino —dijo Helen Westerhazy—. Bebí demasiado clarete.

Esto sucedía al borde de la piscina de los Westerhazy. La piscina, alimentada por un pozo artesiano que tenía elevado contenido de hierro, mostraba un matiz verde claro. El tiempo era excelente. Hacia el oeste se dibujaba un macizo de cúmulos, desde lejos tan parecido a una ciudad —vistos desde la proa de un barco que se acercaba— que incluso hubiera podido asignársele nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba fuerte. Neddy Merrill estaba sentado al borde del agua verdosa, una mano sumergida, la otra sosteniendo un vaso de ginebra. Era un hombre esbelto —parecía tener la especial esbeltez de la juventud— y, si bien no era joven ni mucho menos, esa mañana se había deslizado por su baranda y había descargado una palmada sobre el trasero de bronce de Afrodita, que estaba sobre la mesa del vestíbulo, mientras se enfilaba hacia el olor del café en su comedor. Podía habérsele comparado con un día estival, y si bien no tenía raqueta de tenis ni bolso de marinero, suscitaba una definida impresión de juventud, deporte y buen tiempo. Había estado nadando, y ahora respiraba estertorosa, profundamente, como si pudiese absorber con sus pulmones los componentes de ese momento, el calor del sol, la intensidad de su propio placer. Parecía que todo confluía hacia el interior de su pecho. Su propia casa se levantaba en Bullet Park, unos trece kilómetros hacia el sur, donde sus cuatro hermosas hijas seguramente ya habían almorzado y quizá ahora jugaban a tenis. Entonces, se le ocurrió que dirigiéndose hacia el suroeste podía llegar a su casa por el agua.

Su vida no lo limitaba, y el placer que extraía de esta observación no podía explicarse por su sugerencia de evasión. Le parecía ver, con el ojo de un cartógrafo, esa hilera de piscinas, esa corriente casi subterránea que recorría el condado. Había realizado un descubrimiento, un aporte a la geografía moderna; en homenaje a su esposa, llamaría Lucinda a este curso de agua. No le agradaban las bromas pesadas y no era tonto, pero sin duda era original y tenía una indefinida y modesta idea de sí mismo como una figura legendaria. Era un día hermoso y se le ocurrió que nadar largo rato podía ensanchar y exaltar su belleza.

Se quitó el suéter que colgaba de sus hombros y se zambulló. Sentía un inexplicable desprecio hacia los hombres que no se arrojaban a la piscina. Usó una brazada corta, respirando con cada movimiento del brazo o cada cuatro brazadas y contando en un rincón muy lejano de la mente el uno—dos, uno—dos de la patada nerviosa. No era una brazada útil para las distancias largas, pero la domesticación de la natación había impuesto ciertas costumbres a este deporte, y en el rincón del mundo al que él pertenecía, el estilo crol era usual. Parecía que verse abrazado y sostenido por el agua verde claro era no tanto un placer como la recuperación de una condición natural, y él habría deseado nadar sin pantaloncitos, pero en vista de su propio proyecto eso no era posible. Se alzó sobre el reborde del extremo opuesto —nunca usaba la escalerilla— y comenzó a atravesar el jardín. Cuando Lucinda preguntó adónde iba, él dijo que volvía nadando a casa.

Los únicos mapas y planos eran los que podía recordar o sencillamente imaginar, pero eran bastante claros. Primero estaban los Graham, los Hammer, los Lear, los Howland y los Crosscup. Después, cruzaba la calle Ditmar y llegaba a la propiedad de los Bunker, y después de recorrer un breve trayecto llegaba a los Levy, los Welcher y la piscina pública de Lancaster. Después estaban los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde. El día era hermoso, y que él viviera en un mundo tan generosamente abastecido de agua parecía un acto de clemencia, una suerte de beneficencia. Sentía exultante el corazón y atravesó corriendo el pasto. Volver a casa siguiendo un camino diferente le infundía la sensación de que era un peregrino, un explorador, un hombre que tenía un destino; y además sabía que a lo largo del camino hallaría amigos: los amigos guarnecerían las orillas del río Lucinda.

Atravesó un seto que separaba la propiedad de los Westerhazy de la que ocupaban los Graham, caminó bajo unos manzanos floridos, dejó tras el cobertizo que albergaba la bomba y el filtro, y salió a la piscina de los Graham.

—Caramba, Neddy —dijo la señora Graham—, qué sorpresa maravillosa. Toda la mañana he tratado de hablar con usted por teléfono. Venga, sírvase una copa— comprendió entonces, como les ocurre a todos los exploradores, que tendría que manejar con cautela las costumbres y las tradiciones hospitalarias de los nativos si quería llegar a buen destino. No quería mentir ni mostrarse grosero con los Graham, y tampoco disponía de tiempo para demorarse allí. Nadó la piscina de un extremo al otro, se reunió con ellos al sol y pocos minutos después lo salvó la llegada de dos automóviles colmados de amigos que venían de Connecticut. Mientras todos formaban grupos bulliciosos él pudo alejarse discretamente. Descendió por la fachada de la casa de los Graham, pasó un seto espinoso y cruzó una parcela vacía para llegar a la propiedad de los Hammer. La señora Hammer apartó los ojos de sus rosas, lo vio nadar, pero no pudo identificarlo bien. Los Lear lo oyeron chapotear frente a las ventanas abiertas de su sala. Los Howland y los Crosscup no estaban en casa. Después de salir del jardín de los Howland, cruzó la calle Ditmar y comenzó a acercarse a la casa de los Bunker; aun a esa distancia podía oírse el bullicio de una fiesta.

El agua refractaba el sonido de las voces y las risas y parecía suspenderlo en el aire. La piscina de los Bunker estaba sobre una elevación, y él ascendió unos peldaños y salió a una terraza, donde bebían veinticinco o treinta hombres y mujeres. La única persona que estaba en el agua era Rusty Towers, que flotaba sobre un colchón de goma. ¡Oh, qué bonitas y lujuriosas eran las orillas del río Lucinda! Hombres y mujeres prósperos se reunían alrededor de las aguas color zafiro, mientras los camareros de chaqueta blanca distribuían ginebra fría. En el cielo, un avión de Haviland, un aparato rojo de entrenamiento, describía sin cesar círculos en el cielo mostrando parte del regocijo de un niño que se mece. Ned sintió un afecto transitorio por la escena, una ternura dirigida hacia los que estaban allí reunidos, como si se tratara de algo que él pudiera tocar. Oyó a distancia el retumbo del trueno. Apenas Enid Bunker lo vio comenzó a gritar:

—¡Oh, vean quién ha venido! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda me dijo que usted no podía venir, sentí que me moría— se abrió paso entre la gente para llegar a él, y cuando terminaron de besarse lo llevó al bar, pero avanzaron con paso lento, porque ella se detuvo para besar a ocho o diez mujeres y estrechar las manos del mismo número de hombres. Un barman sonriente a quien Neddy había visto en cien reuniones parecidas le entregó una ginebra con agua tónica, y Neddy permaneció de pie un momento frente al bar, evitando mezclarse en conversaciones que podían retrasar su viaje. Cuando temió verse envuelto, se zambulló y nadó cerca del borde, para evitar un choque con el flotador de Rusty. En el extremo opuesto de la piscina dejó atrás a los Tomlinson, a quienes dirigió una amplia sonrisa, y se alejó trotando por el sendero del jardín. La grava le lastimaba los pies, pero ése era el único motivo de desagrado. La fiesta se mantenía confinada a los terrenos contiguos a la piscina, y cuando ya estaba acercándose a la casa oyó atenuarse el sonido brillante y acuoso de las voces, oyó el ruido de un receptor de radio que provenía de la cocina de los Bunker, donde alguien estaba escuchando la retransmisión de un partido de béisbol. Una tarde de domingo. Se deslizó entre los automóviles estacionados y descendió por los límites cubiertos de pasto del sendero, en dirección a la calle Alewives. No deseaba que nadie lo viera en el camino, con sus pantaloncitos de baño pero no había tránsito, y Neddy recorrió la reducida distancia que lo separaba del sendero de los Levy, donde había un letrero indicando: PROPIEDAD PRIVADA, y un recipiente para The New York Times. Todas las puertas y ventanas de la espaciosa casa estaban abiertas, pero no había signos de vida, ni siquiera el ladrido de un perro. Dio la vuelta a la casa, buscando la piscina, y se dio cuenta de que los Levy habían salido poco antes. Habían dejado vasos, botellas y platitos de maníes sobre una mesa instalada hacia el fondo, donde había un vestuario o mirador adornado con farolitos japoneses. Después de atravesar a nado la piscina, consiguió un vaso y se sirvió una copa. Era la cuarta o la quinta copa, y ya había nadado casi la mitad de la longitud del río Lucinda. Se sentía cansado y limpio, y en ese momento lo complacía estar solo; en realidad, todo lo complacía.

Habría tormenta. El grupo de cúmulos —esa ciudad— se había elevado y ensombrecido, y mientras estaba allí, sentado, oyó de nuevo la percusión del trueno. El avión de entrenamiento de Haviland continuaba describiendo círculos en el cielo. Ned creyó que casi podía oír la risa del piloto, complacido con la tarde, pero cuando se descargó otra cascada de truenos, reanudó la marcha hacia su hogar. Sonó el silbato de un tren, y se preguntó qué hora sería. ¿Las cuatro? ¿Las cinco? Pensó en la estación provinciana a esa hora, el lugar donde un camarero, con el traje de etiqueta disimulado por un impermeable, un enano con flores envueltas en papel de diario y una mujer que había estado llorando esperaban el tren local. De pronto comenzó a oscurecer; era el momento en que las aves de cabeza de alfiler parecen organizar su canto anunciando con un sonido agudo y reconocible la llegada de la tormenta. A su espalda se oyó el ruido leve del agua que caía de la copa de un roble, como si allí hubiesen abierto un grifo. Después, el ruido de fuentes se repitió en las coronas de todos los árboles altos. ¿Por qué le agradaban las tormentas? ¿Qué sentido tenía su excitación cuando la puerta se abría bruscamente y el viento de lluvia se abalanzaba impetuoso escaleras arriba? ¿Por qué la sencilla tarea de cerrar las ventanas de una vieja casa parecía apropiada y urgente? ¿Por qué las primeras notas cristalinas de un viento de tormenta tenían para él el sonido inequívoco de las buenas nuevas, una sugerencia de alegría y buen ánimo? Después, hubo una explosión, olor de cordita, y la lluvia flageló los farolitos japoneses que la señora Levy había comprado en Kioto el año anterior, ¿o quizá era incluso un año antes?

Permaneció en el jardín de los Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había refrescado el aire, y él temblaba. La fuerza del viento había despejado de sus hojas rojas y amarillas a un arce y las había dispersado sobre el pasto y el agua. Como era mediados del verano seguramente el árbol se agostaría, y sin embargo Ned sintió una extraña tristeza ante ese signo otoñal. Flexionó los hombros, vació el vaso y caminó hacia la piscina de los Welcher. Para llegar necesitaba cruzar la pista de equitación de los Lindley, y lo sorprendió descubrir que el pasto estaba alto y todas las vallas aparecían desarmadas. Se preguntó si los Lindley habían vendido sus caballos o se habían ausentado todo el verano y habían dejado en una pensión los animales. Le pareció recordar haber oído algo acerca de los Lindley y sus caballos, pero el recuerdo no era claro. Continuó caminando, descalzo sobre el pasto húmedo, hacia la casa de los Welcher, donde descubrió que la piscina estaba seca.

La ausencia de este eslabón en su cadena acuática lo decepcionó de un modo absurdo, y se sintió como un explorador que busca una fuente torrencial y encuentra un arroyo seco. Se sintió desilusionado y desconcertado. Era costumbre salir durante el verano, pero nadie vaciaba nunca sus piscinas. Era evidente que los Welcher se habían marchado. Los muebles de la piscina estaban plegados, apilados y cubiertos con fundas. El vestuario estaba cerrado con llave. Todas las ventanas de la casa estaban cerradas, y cuando dio la vuelta a la vivienda en busca del sendero que conducía a la salida vio un cartel que indicaba EN VENTA clavado a un árbol. ¿Cuándo había oído hablar por última vez de los Welcher…?; es decir, ¿cuándo había sido la última vez que él y Lucinda habían rechazado una invitación a cenar con ellos? Le parecía que hacía apenas una semana, poco más o menos. ¿La memoria le estaba fallando, o la había disciplinado tanto en la representación de los hechos ingratos que había deteriorado su propio sentido de la verdad? Ahora, oyó a lo lejos el ruido de un encuentro de tenis. El hecho lo reanimó, disipó sus aprensiones y pudo mirar con indiferencia el cielo nublado y el aire frío. Era el día que Neddy Merrill atravesaba nadando el condado. ¡El mismo día! Atacó ahora el trecho más difícil.

Si ese día uno hubiera salido a pasear para gozar de la tarde dominical quizá lo hubiera visto, casi desnudo, de pie al borde la Ruta 424, esperando la oportunidad de cruzar. Quizá uno se preguntaría si era la víctima de una broma pesada, si su automóvil había sufrido su desperfecto o si se trataba sencillamente de un loco. De pie, descalzo, sobre los montículos al costado de la autopista —latas de cerveza, trapos viejos y cámaras reventadas— expuesto a todas las burlas, ofrecía un espectáculo lamentable. Al comenzar, sabía que ese trecho era parte de su trayecto —había estado en sus mapas—, pero al enfrentarse a las hileras del tránsito que serpeaban a través de la luz estival, descubrió que no estaba preparado. Provocó risas y burlas, le arrojaron un envase de cerveza, y no podía afrontar la situación con dignidad ni humor. Hubiera podido regresar, volver a casa de los Westerhazy, donde Lucinda sin duda continuaba sentada al sol. No había firmado nada, jurado ni prometido nada, ni siquiera a sí mismo. ¿Por qué, creyendo, como era el caso, que todas las formas de obstinación humana eran asequibles al sentido común, no podía regresar? ¿Por qué estaba decidido a terminar su viaje aunque eso amenazara su propia vida? ¿En qué momento esa travesura, esa broma, esa suerte de pirueta había cobrado gravedad? No podía volver, ni siquiera podía recordar claramente el agua verdosa de los Westerhazy, la sensación de inhalar los componentes del día, las voces amistosas y descansadas que afirmaban que ellos habían bebido demasiado. Después de más o menos una hora había recorrido una distancia que imposibilitaba el regreso.

Un anciano que venía por la autopista a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar al medio de la calzada, donde había un refugio cubierto de pasto. Allí se vio expuesto a las burlas del tránsito que iba hacia el norte, pero después de diez o quince minutos pudo cruzar. Desde allí, tenía un breve trecho hasta el Centro de Recreación, que estaba a la salida del pueblo de Lancaster, donde había unas canchas de balonmano y una piscina pública.

El efecto del agua en las voces, la ilusión de brillo y expectativa era la misma que en la piscina de los Bunker, pero aquí los sonidos eran más estridentes, más ásperos y más agudos, y apenas entró en el recinto atestado tropezó con la reglamentación “TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN DARSE UNA DUCHA ANTES DE USAR LA PISCINA. TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN USAR LA PLACA DE IDENTIFICACIÓN”. Se dio una ducha, se lavó los pies en una solución turbia y acre y se acercó al borde del agua. Hedía a cloro y le pareció un fregadero. Un par de salvavidas apostados en un par de torrecillas tocaban silbatos policiales, aparentemente con intervalos regulares, y agredían a los bañistas por un sistema de altavoces. Neddy recordó añorante el agua color zafiro de los Bunker, y pensó que podía contaminarse —perjudicar su propio bienestar y su encanto— nadando en ese lodazal, pero recordó que era un explorador, un peregrino, y que se trataba sencillamente de un recodo de aguas estancadas del río Lucinda. Se zambulló, arrugando el rostro con desagrado, en el agua clorada y tuvo que nadar con la cabeza sobre el agua para evitar choques, pero aun así lo empujaron, lo salpicaron y zarandearon. Cuando llegó al extremo menos profundo, ambos salvavidas estaban gritándole:

—¡Eh, usted, el que no tiene placa de identificación, salga del agua!

Así lo hizo, pero no podían perseguirlo, y atravesó el hedor de aceite bronceador y cloro, dejó atrás la empalizada y fue a las pistas de balonmano. Después de cruzar el camino entró en el sector arbolado de la propiedad de los Halloran. No se había desbrozado el bosque, y el suelo fue traicionero y difícil hasta que llegó al jardín y el seto de hayas recortadas que rodeaban la piscina.

Los Halloran eran amigos, y una pareja anciana muy adinerada que parecía regodearse con la sospecha de que podían ser comunistas. Eran entusiastas reformadores, pero no comunistas, y sin embargo cuando se los acusaba de subversión, como a veces ocurría, el incidente parecía complacerlos y excitarlos. El seto de hayas era amarillo, y nadie supuso que estaba agostado, como el arce de los Levy. Dijo “Hola, hola”, para avisar a los Halloran que se acercaba, para moderar su invasión de la intimidad del matrimonio. Por razones que el propio Neddy nunca había llegado a entender, los Halloran no usaban trajes de baño. A decir verdad, no eran necesarias las explicaciones. Su desnudez era un detalle de la inflexible adhesión a la reforma, y antes de pasar la abertura del seto Neddy se despojó cortésmente de sus pantaloncitos.

La señora Halloran, una mujer robusta de cabellos blancos y rostro sereno, estaba leyendo el Times. El señor Halloran estaba extrayendo del agua hojas de haya con una barredera. No parecieron sorprendidos ni desagradados de verlo. La piscina de los Halloran era quizá la más antigua de la región, un rectángulo de lajas alimentado por un arroyo. No tenía filtro ni bomba, y sus aguas mostraban el oro opaco del arroyo.

—Estoy nadando a través del condado —dijo Ned.

—Vaya, no sabía que era posible —exclamó la señora Halloran.

—Bien, vengo de la casa de los Westerhazy —afirmó Ned—. Unos seis kilómetros.

Dejó los pantaloncitos en el extremo más hondo, caminó hacia el extremo contrario y nadó el largo de la piscina. Cuando salía del agua oyó la voz de la señora Halloran que decía:

—Neddy, nos dolió muchísimo enterarnos de sus desgracias.

—¿Mis desgracias? —preguntó Ned—. No sé de qué habla.

—Bien, oímos decir que vendió la casa y que sus pobres niñas…

—No recuerdo haber vendido la casa —dijo Ned—, y las niñas están allí.

—Sí —suspiró la señora Halloran—. Sí… —su voz impregnó el aire de una desagradable melancolía y Ned habló con brusquedad:

—Gracias por permitirme nadar.

—Bien, que tenga un buen viaje —dijo la señora Halloran.

Después del seto, se puso los pantaloncitos y se los ajustó. Los sintió sueltos, y se preguntó si en el curso de una tarde podía haber adelgazado. Tenía frío y estaba cansado, y los Halloran desnudos y sus aguas oscuras lo habían deprimido. El esfuerzo era excesivo para su resistencia, pero ¿cómo podía haberlo previsto cuando se deslizaba por la baranda esa mañana y estaba sentado al sol, en casa de los Westerhazy? Tenía los brazos inertes. Sentía las piernas como de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor era el frío en los huesos y la sensación de que quizá nunca volviera a sentir calor. Alrededor, caían las hojas y Ned olió en el viento el humo de leña. ¿Quién estaría quemando leña en esa época del año?

Necesitaba una copa. El whisky podía calentarlo, reanimarlo, permitirle salvar la última etapa de su trayecto, renovar su idea de que atravesar nadando el condado era un acto original y valiente. Los nadadores que atravesaban el canal bebían brandy. Necesitaba un estimulante. Cruzó el prado que se extendía frente a la casa de los Halloran y descendió por un estrecho sendero hasta el lugar en que habían levantado una casa para su única hija, Helen, y su marido, Eric Sachs. La piscina de los Sachs era pequeña, y allí encontró a Helen y su marido.

—Oh, Neddy —exclamó Helen—. ¿Almorzaste en casa de mamá?

—En realidad, no —dijo Ned—. Pero en efecto vi a tus padres —le pareció que la explicación bastaba—. Lamento muchísimo interrumpirlos, pero tengo frío y pienso que podrían ofrecerme un trago.

—Bien, me encantaría —dijo Helen—, pero después de la operación de Eric no tenemos bebidas en casa. Desde hace tres años.

¿Estaba perdiendo la memoria y quizá su talento para disimular los hechos dolorosos lo inducía a olvidar que había vendido la casa, que sus hijas estaban en dificultades y que su amigo había sufrido una enfermedad? Su vista descendió del rostro al abdomen de Eric, donde vio tres pálidas cicatrices de sutura, y dos tenían por lo menos treinta centímetros de largo. El ombligo había desaparecido, y Neddy se preguntó qué podía hacer a las tres de la madrugada la mano errabunda que ponía a prueba nuestras cualidades amatorias, con un vientre sin ombligo, desprovisto de nexo con el nacimiento. ¿Qué podía hacer con esa brecha en la sucesión?

—Estoy segura de que podrás beber algo en casa de los Biswanger —dijo Helen—. Celebran una reunión enorme. Puedes oírlos desde aquí. ¡Escucha!

Ella alzó la cabeza y desde el otro lado del camino, atravesando los prados, los jardines, los bosques, los campos, él volvió a oír el sonido luminoso de las voces reflejadas en el agua.

—Bien, me mojaré —dijo Ned, dominado siempre por la idea de que no tenía modo de elegir su medio de viaje. Se zambulló en el agua fría de la piscina de los Sachs y jadeante, casi ahogándose, recorrió la piscina de un extremo al otro—. Lucinda y yo deseamos muchísimo verlos —dijo por encima del hombro, la cara vuelta hacia la propiedad de los Biswanger—. Lamentamos que haya pasado tanto tiempo y los llamaremos muy pronto.

Cruzó algunos campos en dirección a los Biswanger y los sonidos de la fiesta. Se sentirían honrados de ofrecerle una copa, de buena gana le darían de beber. Los Biswanger invitaban a cenar a Ned y Lucinda cuatro veces al año, con seis semanas de anticipación. Siempre se veían desairados, y sin embargo continuaban enviando sus invitaciones, renuentes a aceptar las realidades rígidas y antidemocráticas de su propia sociedad. Eran la clase de gente que discutía el precio de las cosas en los cócteles, intercambiaba datos acerca de los precios durante la cena, y después de cenar contaba chistes verdes a un público de ambos sexos. No pertenecían al grupo de Neddy, ni siquiera estaban incluidos en la lista que Lucinda utilizaba para enviar tarjetas de Navidad. Se acercó a la piscina con sentimientos de indiferencia, compasión y cierta incomodidad, pues parecía que estaba oscureciendo y eran los días más largos del año. Cuando llegó, encontró una fiesta ruidosa y con mucha gente. Grace Biswanger era el tipo de anfitriona que invitaba al dueño de la óptica, al veterinario, al negociante de bienes raíces y al dentista. Nadie estaba nadando, y la luz del crepúsculo reflejada en el agua de la piscina tenía un destello invernal. Habían montado un bar, y Ned caminó en esa dirección. Cuando Grace Biswanger lo vio se acercó a él, no afectuosamente, como él tenía derecho a esperar, sino en actitud belicosa.

—Caramba, a esta fiesta viene todo el mundo —dijo en voz alta—, hasta los colados.

Ella no podía perjudicarlo socialmente…, eso era indudable, y él no se impresionó.

—En mi calidad de colado —preguntó cortésmente—, ¿puedo pedir una copa?

—Como guste —dijo ella—. No parece que preste mucha atención a las invitaciones.

Le volvió la espalda y se reunió con varios invitados, y Ned se acercó al bar y pidió un whisky. El barman le sirvió, pero lo hizo bruscamente. El suyo era un mundo en que los camareros representaban el termómetro social, y verse desairado por un barman que trabajaba por horas significaba que había sufrido cierta pérdida de dignidad social. O quizá el hombre era nuevo y no estaba informado. Entonces, oyó a sus espaldas la voz de Grace, que decía:

—Se arruinaron de la noche a la mañana. Tienen solamente lo que ganan… y él apareció borracho un domingo y nos pidió que le prestásemos cinco mil dólares… —esa mujer siempre hablaba de dinero. Era peor que comer guisantes con cuchillo. Se zambulló en la piscina, nadó de un extremo al otro y se alejó.

La piscina siguiente de su lista, la antepenúltima, pertenecía a su antigua amante, Shirley Adams. Si lo habían herido en la propiedad de los Biswanger, aquí podía curarse. El amor —en realidad, el combate sexual— era el supremo elixir, el gran anestésico, la píldora de vivo color que renovaría la primavera de su andar, la alegría de la vida en su corazón. Habían tenido un affaire la semana pasada, el mes pasado, el año pasado. No lo lograba recordar. Él había interrumpido la relación, pues era quien tenía la ventaja, y pasó el portón en la pared que rodeaba la piscina sin que su sentimiento fuese tan ponderado como la confianza en sí mismo. En cierto modo parecía que era su propia piscina, pues el amante, y sobre todo el amante ilícito, goza de las posesiones. La vio allí, los cabellos color de bronce, pero su figura, al borde del agua luminosa y cerúlea, no evocó en él recuerdos profundos. Pensó que había sido un asunto superficial, aunque ella había llorado cuando lo dio por terminado. Parecía confundida de verlo, y Ned se preguntó si aún estaba lastimada. ¿Quizá, Dios no lo permitiese, volvería a llorar?

—¿Qué deseas? —preguntó.

—Estoy nadando a través del condado.

—Santo Dios. ¿Jamás crecerás?

—¿Qué pasa?

—Si viniste a buscar dinero —dijo—, no te daré un centavo más.

—Podrías ofrecerme una bebida.

—Podría, pero no lo haré. No estoy sola.

—Bien, ya me voy.

Se zambulló y nadó a lo largo de la piscina, pero cuando trató de alzarse con los brazos sobre el reborde descubrió que ni los brazos ni los hombros le respondían, así que chapoteó hasta la escalerilla y trepó por ella. Mirando por encima del hombro vio, en el vestuario iluminado, la figura de un joven. Cuando salió al prado oscuro olió crisantemos y caléndulas —una tenaz fragancia otoñal— en el aire nocturno, un olor intenso como de gas. Alzó la vista y vio que habían salido las estrellas, pero ¿por qué le parecía estar viendo a Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de mitad del verano? Se echó a llorar.

Probablemente era la primera vez que lloraba siendo adulto y en todo caso la primera vez en su vida que se sentía tan desdichado, con tanto frío, tan cansado y desconcertado. No podía entender la dureza del barman o la dureza de una amante que le había rogado de rodillas y había regado de lágrimas sus pantalones. Había nadado demasiado, había estado mucho tiempo en el agua, y ahora tenía irritadas la nariz y la garganta. Lo que necesitaba era una bebida, un poco de compañía y ropas limpias y secas, y aunque hubiera podido acortar camino directamente, a través de la calle, para llegar a su casa, siguió en dirección a la piscina de los Gilmartin. Aquí, por primera vez en su vida, no se zambulló y descendió los peldaños hasta el agua helada y nadó con una brazada irregular que quizá había aprendido cuando era niño. Se tamboleó de fatiga de camino hacia la propiedad de los Clyde, y chapoteó de un extremo al otro de la piscina, deteniéndose de tanto en tanto a descansar con la mano aferrada al borde. Había cumplido su propósito, había recorrido a nado el condado, pero estaba tan aturdido por el agotamiento que no veía claro su propio triunfo. Encorvado, aferrándose a los pilares del portón en busca de apoyo, subió por el sendero de su propia casa.


El lugar estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que todos se habían acostado? ¿Lucinda se había quedado a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Las niñas habían ido a buscarla, o estaban en otro lugar? ¿O habían convenido, como solían hacer el domingo, rechazar todas las invitaciones y quedarse en casa? Probó las puertas del garaje para ver qué automóviles había allí, pero las puertas estaban cerradas con llave y de los picaportes se desprendió óxido que le manchó las manos. Se acercó a la casa y vio que la fuerza de la tormenta había desprendido uno de los caños de desagüe. Colgaba sobre la puerta principal como la costilla de un paraguas; pero eso podía arreglarse por la mañana. La casa estaba cerrada con llave, y él pensó que la estúpida cocinera o la estúpida criada seguramente habían cerrado todo, hasta que recordó que hacía un tiempo que no empleaban criada ni cocinera. Gritó, golpeó la puerta, trató de forzarla con el hombro y después, mirando por las ventanas, vio que el lugar estaba vacío.