miércoles, 19 de marzo de 2014

Servir al amo


Philip K. Dick

Applequist tomó un atajo por un campo desierto, subió por un estrecho sendero que corría paralelo a la grieta bostezante de un precipicio, y entonces oyó la voz.

Se paró en seco y empuñó la pistola. Escuchó durante largo rato pero sólo captó el lejano roce del viento entre los árboles truncados que bordeaban el risco, un murmullo que se confundía con el crujido de la hierba reseca bajo sus pies. La voz procedía del barranco Su fondo se veía enmarañado y lleno de desperdicios. Se acuclillo en el borde y trató de localizar la voz.

No percibió ni un movimiento, nada que revelara el origen. Las piernas empezaron a dolerle. Las moscas zumbaron a su alrededor y se posaron en su frente sudorosa. El sol le producía dolor de cabeza. Las nubes de polvo habían sido bastante finas durante los meses pasados.

Su reloj a prueba de radiaciones le informó de que eran las tres.
Por fin, se encogió de hombros y se levantó con dificultades A la mierda. Que envíen una patrulla armada. No era su problema. Era un cartero de cuarta categoría, y un civil, por añadidura.

Mientras trepaba por la colina en dirección a la carretera volvió a escuchar el sonido. Y ahora, desde un lugar que dominaba el barranco, captó un fugaz movimiento. Experimentó temor e incredulidad. No era posible..., pero lo había visto con sus propios ojos. No era un rumor propagado por las circulares de noticias.

¿Qué hacia un robot en el barranco desierto? Todos los robots habían sido destruidos años antes. Sin embargo, allí estaba, entre los desperdicios y las malas hierbas. Un amasijo oxidado medio corroído. Le había llamado con voz débil cuando pasaba por el sendero.

El anillo defensivo de la Compañía le permitió salvar los tres controles y penetrar en la zona del túnel. Descendió lentamente, absorto en sus pensamientos, hasta llegar al nivel de organización. Mientras se quitaba la saca de correos, el supervisor asistente Jenkins se acercó a toda prisa.

—¿Dónde coño se ha metido? Son casi las cuatro.

—Lo siento. —Applequist devolvió la pistola al guardia más cercano—. ¿Qué posibilidades tengo de obtener un permiso de cinco horas? Me gustaría investigar algo.

—Ni una. Ya sabe que el ala derecha está desguarnecida. Es necesario que todo el mundo esté en alerta las veinticuatro horas.

Applequist procedió a separar las cartas. La mayoría eran de tipo personal, intercambiadas entre supervisores principales de Empresas Norteamericanas. Cartas dirigidas a mujeres de vida alegre, más allá de la periferia de la Compañía. Cartas dirigidas a familias, así como peticiones a oficiales de menor rango.

—En ese caso —dijo con aire pensativo—, tendré que ir como sea.

Jenkins escrutó al joven con suspicacia.

—¿Qué sucede? ¿Ha encontrado algún aparato incólume, un escondite subterráneo?

Applequist estuvo a punto de contárselo, pero no lo hizo.

—Tal vez —contestó con indiferencia—. Es posible.

Jenkins le dedicó una mueca de odio y abrió las puertas de la cámara de observación. Los oficiales estaban examinando las actividades del día ante un gran plano mural. Media docena de hombres maduros, la mayoría calvos, con el cuello de la camisa sucio y manchado, derrumbados en butacas. En una esquina, el supervisor Rudde dormía, sus gordas piernas extendidas frente a él. La camisa abierta dejaba al descubierto el vello del pecho. Estos eran los hombres que dirigían la compañía de Detroit. Diez mil familias, todo el refugio subterráneo, dependían de ellos.

—¿Qué tiene en mente? —retumbó una voz en el oído de Applequist. El director Laws había entrado en la cámara y pillado a todo el mundo desprevenido, como de costumbre.

—Nada, señor —respondió Applequist, pero los ojos acerados, azules como la porcelana, sondearon sus pensamientos—. La fatiga habitual. Me ha subido la tensión. Tenía la intención de tomar unas horas de permiso, pero con tanto trabajo...

—No trate de engañarme. No se necesitan carteros de cuarta categoría. ¿Cuál es su auténtica intención?

—Señor, ¿por qué fueron destruidos los robots? —preguntó Applequist de sopetón.

Se hizo el silencio. El rostro rotundo de Laws transparentó sorpresa, y después hostilidad. Applequist se apresuró a continuar antes de que el hombre pudiera hablar.

—Sé que está prohibido a mi clase hacer preguntas teóricas, pero es muy importante que lo averigüe.

—El tema está cerrado —replicó Laws en tono amenazador—. Incluso para el personal de máximo nivel.

—¿Cuál fue la relación de los robots con la guerra? ¿Por qué se declaró la guerra? ¿Cómo era la vida antes de la guerra?

—El tema está cerrado —repitió Laws.

Caminó con parsimonia hacia el plano mural y Applequist se quedó solo entre el ruido de las máquinas, entre los murmullos de los oficiales y burócratas.

Reanudó la selección de cortes como un autómata. Había estallado la guerra y los robots se vieron mezclados en ella. Eso lo sabía. Algunos habían sobrevivido. De niño, su padre le había llevado a un centro industrial y los había visto, trabajando en sus máquinas. En otro tiempo habían sido muy complejos. Ya habían desaparecido; pronto acabarían con los sencillos. Ya no se fabricaba ni uno más.

—¿Qué ocurrió? —había preguntado, cuando su padre se lo llevó a rastras—. ¿Adónde han ido a parar todos los robots?

No obtuvo ninguna respuesta. Eso había sucedido dieciséis años antes, y ahora ya no quedaba ninguno. Hasta el recuerdo de los robots estaba desapareciendo. Dentro de unos años, la palabra se borraría del diccionario. Robot. ¿Qué había pasado?
Terminó con las cartas y salió de la cámara. Ningún supervisor se dio cuenta; estaban discutiendo algún punto erudito de estrategia. Maniobras y contramaniobras entre las compañías. Tensión e intercambio de insultos. Encontró un cigarrillo arrugado en el bolsillo y lo encendió con mano inexperta.

—Llamada a cenar —anunció el altavoz del pasadizo—. Una hora de descanso para el personal de máximo nivel.

Algunos supervisores pasaron ruidosamente a su lado. Applequist apagó el cigarrillo y se dirigió a su puesto. Trabajaría hasta las seis. Después, sería su hora de cenar. Ningún otro descanso hasta el sábado. Claro que si no iba a cenar.


El robot debía de ser de poca categoría, perteneciente al grupo final liquidado. El tipo inferior que había visto de niño. No podía ser uno de los complicados robots de la guerra. Haber sobrevivido en el barranco, haberse oxidado y podrido durante todos aquellos años transcurridos desde la guerra...

Su mente mantuvo a raya la esperanza. Entró en un ascensor, el corazón acelerado, y apretó el botón. Al anochecer lo sabría.

El robot yacía entre montones de escoria metálica y males hierbas. Fragmentos mellados y oxidados dificultaron la progresión de Applequist, a medida que descendía con cautela por el barranco, la pistola en una mano y la máscara antirradiación ceñida a su cara.

El contador cliqueteó ruidosamente; el fondo del barranco estaba caliente. Charcos de contaminación sobre los fragmentos rojizos de metal, las mesas apiladas de acero, plástico y componentes de maquinaria fundidos. Apartó a puntapiés bolas de ennegrecidos cables enmarañados y se alejó con cautela del depósito de combustible bostezante de alguna máquina antigua, ahora invadido por plantas trepadoras. Una rata salió corriendo. El sol estaba a punto de ponerse. Sombras oscuras se extendían por doquier.

El robot le miró en silencio. La mitad ya no existía; sólo quedaba la cabeza, los brazos y el tronco, un círculo mellado irregular, como si le hubieran arrancado de cuajo la parte inferior. Estaba inmovilizado. Tenía toda la superficie agrietada y corroída. Faltaba una lente ocular. Algunos dedos estaban torcidos de manera grotesca. Yacía de espaldas, cara al cielo.


Era un robot de los tiempos de la guerra, desde luego. En su único ojo brillaba una conciencia arcaica. No era el simple obrero que había visto de niño. La respiración de Applequist se aceleró. Era auténtico. Seguía sus movimientos sin descuidar detalle. Estaba vivo.

Todo este tiempo, pensó Applequist. Todos estos años. Se le erizó el vello de la nuca. Todo estaba en silencio, las colinas, los árboles, las mesas de ruinas. Nada se movía; los únicos seres vivos eran el viejo robot y él. Tirado en el barranco, esperando a que alguien apareciera.

Se levantó un viento frío y se ajustó automáticamente el sobretodo. Algunas hojas volaron sobre el rostro inmóvil del robot. Sobre su tronco habían crecido plantas trepadoras, se habían introducido en sus entrañas. Había llovido sobre él, el cielo lo había bañado. En invierno, la nieve lo había cubierto. Ratas y animales lo habían olfateado. Los insectos habían recorrido sus restos. Y continuaba vivo.

—Te oí —murmuro Applequist—, mientras caminaba por el sendero.

—Lo sé —contestó el robot—. Vi que te parabas. —Su voz era débil y seca. Como el sonido de las cenizas al rozar entre sí. Sin tono ni matices— ¿Quieres decirme la fecha? Sufrí un corte de energía por tiempo indefinido. Las terminales de los cables se cortaron temporalmente.

—11 de junio de 2136.

El robot reunió las escasas fuerzas que le quedaban. Movió apenas un brazo, luego lo dejó caer. Su único ojo se veló, y engranajes oxidados chirriaron en su interior. Applequist comprendió de repente que el robot podía expirar en cualquier momento. Era un milagro que hubiera sobrevivido durante tanto tiempo. Se habían pegado caracoles a su cuerpo, recorrido por sendas pegajosas que se cruzaban. Un siglo...

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Desde la guerra?

—Sí.

Applequist sonrió, nervioso.

—Eso es mucho tiempo. Más de cien años.

—Así es.


Anochecía con rapidez. Applequist buscó su linterna. Apenas distinguía las laderas del barranco. A lo lejos, un ave graznó en la oscuridad. Los arbustos se agitaron.

—Necesito ayuda —dijo el robot—. La mayor parte de mi motor fue destruido. No puedo moverme.

—¿En qué estado se encuentra el resto? Tu provisión de energía. ¿Cuánto tiempo puedes...?

—Se ha destruido un número considerable de células. Sólo siguen funcionando unos pocos circuitos. Y están sobrecargados. —El ojo del robot volvió a mirarle—. ¿Cuál es la situación tecnológica? He visto volar naves aéreas. ¿Aún fabricáis equipos electrónicos?

—Tenemos en funcionamiento una unidad industrial cerca de Pittsburgh.

—Si describo unidades electrónicas básicas, ¿me entenderás?

—Carezco de conocimientos mecánicos. Estoy clasificado como cartero de cuarta categoría, pero tengo contactos en el departamento de reparaciones. Mantenemos en funcionamiento nuestras máquinas —se humedeció los labios, tenso—. Es arriesgado, por supuesto. Hay leyes.

—¿Leyes?

—Todos los robots fueron destruidos. Eres el único que queda. Los demás fueron liquidados hace años.
El único ojo del robot no expresó nada.

—Por qué has venido? —preguntó. Su ojo se desvió hacia la pistola que Applequist empuñaba—. Eres un funcionario de bajo categoría en alguna jerarquía. Obedeces órdenes superiores. Un número que funciona mecánicamente dentro de un sistema más grande.

Applequist lanzó una carcajada.

—Supongo que sí. —Dejó de reír—. ¿Por qué estalló la guerra? ¿Cómo era la vida antes?

—¿No lo sabes?

—Por supuesto que no. No se permiten conocimientos teóricos, excepto al personal de máxima categoría. Ni los supervisores saben algo de la guerra. —Applequist se arrodilló y enfocó con la linterna el rostro del robot—. Las cosas eran diferentes antes, ¿verdad? No vivimos siempre en refugios subterráneos. El mundo no fue siempre una montaña de escoria. La gente no fue siempre esclava de las compañías.

—Antes de la guerra no había compañías.

Applequist lanzó un gruñido de triunfo.

—Lo sabía.

—Los hombres vivían en ciudades, que fueron arrasadas durante la guerra. Las compañías, que estaban protegidas, sobrevivieron. Altos cargos de estas compañías se convirtieron en el gobierno. La guerra se prolongó durante mucho tiempo. Todo lo valioso fue destruido. Has salido de un cascarón carbonizado. —El robot guardó silencio unos instantes y luego prosiguió—. El primer robot fue fabricado en 1979. En el año 2000, los robots realizaban todos los trabajos rutinarios. Los seres humanos gozaban de libertad para hacer lo que les apetecía. Arte, ciencia, espectáculos, lo que más les gustaba.

—¿Qué es el arte? —preguntó Applequist.

—Trabajo creativo, dirigido hacia la realización de una aspiración personal. Toda la población de la Tierra tenía libertad para desarrollarse culturalmente. Los robots mantenían el mundo; el hombre lo disfrutaba.

—¿Cómo eran las ciudades?

—Los robots reconstruyeron y rediseñaron nuevas ciudades a tenor de planos trazados por artistas humanos. Limpias, higiénicas, atractivas. Eran ciudades de dioses.

—¿Por qué estalló la guerra?

El único ojo del robot centelleó.

—Ya he hablado demasiado. Mi suministro de energía está peligrosamente bajo.

Applequist tembló.

—¿Que necesitas? Lo traeré.

—Ahora mismo necesito una cápsula atómica A, capaz de proporcionar diez mil unidades f.

—Sí.

—A continuación, necesitaré herramientas y secciones de aluminio. Cables de bajo resistencia. Trae papel y lápiz... Te daré una lista. No la entenderás, pero alguien del departamento de mantenimiento electrónico lo hará. Lo primero que necesito es suministro de energía.

—¿Y me hablarás de la guerra?

—Por supuesto.

El robot se sumió en el silencio. Las sombras se arrastraban a su alrededor. El frío aire de la noche agitó las hierbas y los arbustos.

—Date prisa. Mañana, si es posible.


—Debería dar parte de usted —dijo el ayudante de supervisión Jenkins—. Media hora de retraso, y ahora esto. ¿Qué está haciendo? ¿Quiere que le despidan de la compañía?

Applequist se acercó al hombre.

—He de conseguir este material. El... escondite está bajo la superficie. He de construir un acceso seguro. De lo contrario, todo quedará sepultado bajo los escombros.

—¿Es muy grande el escondite? —El rostro abultado de Jenkins expresaba codicia y suspicacia a la vez. Ya estaba gastando la recompensa de la compañía—. ¿Ha podido verlo? ¿Contiene máquinas desconocidas?

—No reconocí ninguna —contestó Applequist, impaciente—. No perdamos el tiempo. La masa de cascotes está a punto de derrumbarse. He de proceder con celeridad.

—¿Dónde está? ¡Quiero verlo!

—Voy a hacerlo solo. Usted proporcióneme el material y cubra mi ausencia. Esa es su parte.

Jenkins se debatió en un mar de dudas.

—Si me miente, Applequist...

—No miento —respondió Applequist irritado—. ¿Cuándo tendré la unidad de energía?

—Mañana por la mañana. Tendré que llenar un montón de formularios. ¿Esta seguro de que puede manejarla? Será mejor que le acompañe un equipo de reparaciones. Para asegurarnos...

—Puedo manejarla —le interrumpió Applequist—. Consígame el material. Yo me ocuparé de lo demás.

El sol de la mañana se filtraba entre los desperdicios. Applequist encajó la cápsula nueva, nervioso, enroscó los tornillos, sujetó el forro protector corroído, y se puso en pie, tembloroso. Tiró la cápsula antigua y aguardó.

El robot se movió. Su ojo cobró vida. Movió el brazo sobre su tronco y hombros de forma experimental.
—¿Todo bien? —preguntó Applequist con voz hueca.

—En apariencia, sí. —La voz del robot era más potente, claro y confiada—. La vieja cápsula estaba agotada. Fue una suerte que pasaras en aquel momento.

—Dices que los hombres vivían en ciudades —atacó Applequist—. ¿Los robots trabajaban?

—Los robots realizaban las tareas rutinarias necesarias para mantener el sistema industrial. Los humanos gozaban de todo el tiempo libre que deseaban. Nos gustaba trabajar para ellos. Era nuestra misión.

—¿Qué pasó? ¿Qué salió mal?

El robot cogió papel y lápiz; mientras hablaba, trazaba cifras.

—Existía un grupo fanático de humanos. Una organización religiosa. Afirmaban que Dios ordenó al hombre ganarse el pan con el sudor de su frente. Querían que los robots desaparecieran y los hombres volvieran a las fábricas, para trabajar como esclavos en tareas rutinarias.

—¿Por qué?

—Afirmaban que el trabajo ennoblecía el espíritu. —El robot le entregó un papel—. Esto es la lista de lo que quiero. Necesitaré esos materiales y herramientas para reparar mi sistema.
Applequist manoseó el papel.

—Ese grupo religioso...

—Hombres divididos en dos bandos: los Moralistas y los Ociosos. Combatieron entre sí durante años, mientras nosotros nos manteníamos al margen, ignorantes de nuestra suerte. No entendí que los Moralistas se impusieran a la razón y el sentido común, pero fue así.

—¿Crees...? —empezó Applequist, y luego calló. Apenas se atrevía a verbalizar la idea que corroía su fuero interno—. ¿Existe alguna posibilidad de que vuelvan a existir robots?

—Tus palabras son oscuras. —El robot partió el lápiz en dos y lo tiró—. ¿Qué quieres decir?

—La vida no es agradable en las compañías. Muerte y trabajo duro. Formularios, turnos, períodos de trabajo y órdenes.

—Es vuestro sistema. Yo no soy el responsable.

—¿Qué recuerdas sobre la construcción de robots? ¿Qué eras tú, antes de la guerra?

—Era un controlador de unidades. Me dirigía a una unidad de fabricación de emergencia cuando mi nave fue derribada. —El robot señaló los restos que le rodeaban—. Eso fue mi nave y mi cargamento.

—¿Qué es un controlador de unidades?

—Dirigía la fabricación de robots. Diseñé y alenté la producción de tipos básicos de robot.

La cabeza de Applequist daba vueltas.

—Entonces, eres un experto en la construcción de robots.

—Sí. —El robot señaló el papel que Applequist tenía en la mano—. Consigue esos materiales y herramientas lo antes posible. Así estoy completamente indefenso. Debo recuperar mi movilidad. Si alguna nave sobrevolara este lugar...

—La comunicación entre compañías es deficiente. Entrego las cartas a pie. La mayoría de los países están devastados. Podrías trabajar sin que nadie te detectara. ¿Qué me dices de tu unidad de fabricación de emergencia? Tal vez no fue destruida.

El robot cabeceó lentamente.

—Fue ocultada concienzudamente. Existe una ínfima posibilidad. Era pequeña, pero muy bien equipada. Autosuficiente.

—Si consigo piezas de repuesto, ¿podrías...?

—Hablaremos de eso más adelante. —El robot se tendió sobre el suelo—. Cuando vuelvas, seguiremos hablando.


Jenkins le consiguió los materiales y un permiso de veinticuatro horas. Fascinado, se apoyó contra la ladera del barranco mientras el robot desarmaba su cuerpo y sustituía los elementos averiados. Al cabo de pocas horas, el nuevo sistema motor había sido instalado. Colocó las células básicas de las piernas. A mediodía, el robot experimentaba con sus extremidades inferiores.

—Durante la noche pude establecer un débil contacto por radio con la unidad de fabricación de emergencia —explicó el robot—. Continua intacta, según el monitor robot.

—¿Robot? ¿Quieres decir...?

—Una máquina automática de transmisión. No está viva, como Yo. No soy un robot, en un sentido estricto. —Su voz expresó orgullo—. Soy un androide.

Applequist no captó la sutil distinción. Su mente febril examinaba las posibilidades.

—En este caso, podemos seguir adelante. Con tus conocimientos y los materiales disponibles.

—Tu no viste el terror y la destrucción. Los Moralistas nos machacaron sistemáticamente. Eliminaban a los androides de cada ciudad que conquistaban. A medida que los Ociosos retrocedían, los de mi raza eran liquidados sin más. Fuimos separados de nuestras máquinas y destruidos.

—¡Pero eso fue hace un siglo! Nadie quiere destruir ya a los robots. Necesitamos robots para reconstruir el mundo. Los Moralistas ganaron la guerra y devastaron el mundo.

El robot ajustó su sistema motor hasta lograr la coordinación de sus piernas.

—Su victoria fue una tragedia, pero comprendo la situación mejor que tú. Hemos de proceder con cautela. Si esta vez nos vencen, será para siempre.

Applequist siguió al robot, mientras éste avanzaba con cautela hacia la ladera del barranco.

—El trabajo nos oprime. Esclavos en refugios subterráneos. No podemos seguir así. La gente agradecerá la vuelta de los robots. Te necesitamos. Cuando pienso en lo que debió ser la Edad de Oro, los cimientos y las flores, las hermosas ciudades de la superficie... Ahora sólo hay ruinas y penuria. Los Moralistas ganaron, pero nadie es feliz. Nos encantaría...

—¿Dónde estamos? ¿Qué lugar es éste?

—Un poco al oeste del Mississippi, a unos cuantos kilómetros. Hemos de conseguir la libertad. No podemos vivir así, trabajando bajo tierra. Si tuviéramos tiempo libre, podríamos investigar los misterios de todo el universo. Encontré algunas viejas cintas científicas. Trabajos teóricos sobre biología. Aquellos hombres trabajaron durante años en tópicos abstractos. Tenían tiempo. Eran libres. Mientras los robots sostenían el sistema económico, aquellos hombres podían dedicarse...

—Durante la guerra —interrumpió el robot con aire pensativo—, los Moralistas situaron pantallas de detección sobre cientos de kilómetros cuadrados. ¿Todavía funcionan?

—No lo sé. Lo dudo. Todo lo que está fuera de los refugios de la compañía ha dejado de funcionar.

El robot se recluyó en sus pensamientos. Había sustituido su ojo averiado por una célula nueva. Ambos ojos brillaban de concentración.

—Esta noche haremos planes con respecto a tu compañía. Te comunicaré mi decisión en ese momento. Entretanto, no hables de la situación a nadie, ¿entiendes? Lo que me preocupa ahora es el sistema de carreteras.

—La mayoría de carreteras están en ruinas —Applequist intentó contener su entusiasmo—. Estoy convencido de que casi todos los miembros de mi compañía son Ociosos. Tal vez algunos peces gordos sean Moralistas. Algunos supervisores, en todo caso, pero las clases bajas y las familias.

—Muy bien —interrumpió el robot—. Nos ocuparemos de eso más tarde. —Miró a su alrededor—. Utilizaré parte del equipo averiado. Funcionará. De momento, al menos.


Applequist consiguió esquivar a Jenkins. Atravesó a toda prisa el nivel de organización y se encaminó a su puesto de trabajo. Su mente era un torbellino. Todo lo que le rodeaba se le antojaba vago poco convincente. Los supervisores pendencieros. Las máquinas ruidosas. Los funcionarios y burócratas de poca monta que corrían de un lado a otro con mensajes e informes. Cogió un puñado de cartas y empezó a distribuirlas mecánicamente.

—Has estado fuera —observó con ironía el director Laws—. ¿Alguna chica? Si se casó con alguien ajeno a la compañía, perderá la poca categoría que tiene.

Applequist apartó las cartas.

—Quiero hablar con usted, director.

El director Laws meneó la cabeza.

—Vaya con cuidado. Ya conoce las ordenanzas que rigen para el personal de cuarta categoría. Es mejor no hacer más preguntas. Concentre su mente en el trabajo y déjenos a nosotros las cuestiones teóricas.

—Director —preguntó Applequist—, ¿a quién apoyaba nuestra compañía, a los Moralistas o a los Ociosos?

Laws fingió no entender la pregunta.

—¿Qué quiere decir? —Sacudió la cabeza—. No conozco esas palabras.

—En la guerra. ¿de qué lado estábamos?

—¡Santo Dios! —exclamó Laws—. Del lado humano, por supuesto. —Una cortina impenetrable cayó sobre su rostro rotundo—. ¿Qué quiere decir «moralista»? ¿De qué me está hablando?

Applequist empezó a sudar de repente. Apenas le salía la voz.

—Algo no cuadra, director. La guerra fue entre dos grupos de humano. Los Moralistas destruyeron a los robots porque desaprobaban que los humanos se entregaran al ocio.

—La guerra se libró entre hombres y robots —replicó Laws— Nosotros ganamos. Destruimos a los robots.
—¡Pero si trabajaban para nosotros!

Fueron construidos para trabajar, pero se rebelaron. Poseían una filosofía. Seres superiores: androides. Nos consideraban simple ganado.

Applequist temblaba de pies a cabeza.

—Pero aquél me dijo...

—Nos masacraron. Millones de humanos murieron antes de que les paráramos los pies. Asesinaron, mintieron, se escondieron, robaron, hicieron cualquier cosa con tal de sobrevivir. Eran ellos o nosotros; no hubo cuartel. —Laws agarró a Applequist por el cuello de la camisa—. ¡Maldito idiota! ¿Qué demonios ha hecho? ¡Contésteme! ¿Qué ha hecho?


El sol se puso mientras el vehículo blindado se detenía en el borde del barranco. Las tropas bajaron por la ladera. Laws saltó entre los primeros, seguido de Applequist.

—¿Es aquí? —preguntó Laws.

—Sí, pero ha desaparecido —tartamudeó Applequist.

—Por supuesto. Ya se había reparado. Nada le retenía aquí. —Laws hizo una señal a sus hombres—. Es inútil proseguir la búsqueda. Entierren una bomba A táctica y larguémonos. Es posible que la fuerza aérea lo localice. Rociaremos esto zona con gas radiactivo.

Applequist se acercó al borde del barranco, atontado. Abajo, entre las sombras, distinguió las malas hierbas y los escombros. No se veía al robot por parte alguna, naturalmente. Sólo trozos de cable y partes del cuerpo desechadas. La vieja cápsula de energía seguía donde la había tirado. Algunas herramientas. Nada más.

—Vámonos —ordenó Laws a sus hombres—. Tenemos mucho que hacer. Hay que poner en marcha el sistema de alarma general.

Las tropas empezaron a escalar el barranco. Applequist se encaminó hacia el vehículo.

—No —dijo Laws—. Usted no vendrá con nosotros.

Applequist vio la expresión de sus rostros: miedo, terror, odio. Intentó escapar, pero le apresaron casi al instante. Procedieron en silencio, inexorablemente. Cuando terminaron, apartaron de una patada sus restos casi vivos y subieron al vehículo. Cerraron las puertas y el motor rugió. El vehículo subió por la senda hasta la carretera. Al cabo de pocos momentos, desapareció de vista.


Estaba solo, con una bomba semienterrada y las sombras Y la inmensa oscuridad lo abarcaba todo